lunes, 21 de noviembre de 2011

SIGNIFICADO DEL TIEMPO LITÚRGICO DEL ADVIENTO


Arquidiócesis de Tegucigalpa/ Decanato Zona Periférica
Parroquia Cristo Rey y Santa Cruz
Preparación DE COROS PARRROQUIALES
Para los Tiempos Litúrgicos de Adviento y Navidad
    Cantando al Señor en Espíritu y Verdad en Adviento y Navidad.
12 Y 13 de Noviembre 2011
SIGNIFICADO DEL TIEMPO LITÚRGICO DEL ADVIENTO
Las siguientes notas tienen como base una enseñanza tanto del entonces Cardenal Ratzinger , como después, del ahora Papa Benedicto XVI; un extenso material de Mons. José Antonio Eguren Anselmi, titulado “El Tiempo de Adviento”,………. Y finalmente,  reflexiones y adaptaciones de redacción del P. Rafael Alvarado.
I. Introducción
1. Un tiempo diferente
Una de las primeras preocupaciones que debemos tener al empezar el tiempo del Adviento, es lograr una clara conciencia que empieza un tiempo distinto a las semanas que lo han precedido. Por tanto subrayar el cambio de tonalidad de estos días dará vitalidad a las celebraciones, ayudará a redescubrir matices importantes y quizá un tanto olvidados de la vida cristiana e incluso podrá servir para alejar la rutina de unas celebraciones siempre idénticas, o por lo menos, muy parecidas. Para despertar la novedad del Adviento será muy importante:
·       Cuidar los detalles externos (ambientación del lugar, cantos, etc.).
·       Recalcar los diferentes enfoques de las lecturas (en estos días prácticamente no hay lectura continua).
·       Y subrayar los contenidos de los textos eucológicos (oraciones presidenciales, prefacios).

2. Sentido del Adviento
El Adviento es fundamentalmente el tiempo de la venida del Señor. Eso significa la palabra latina “adventus”: venida, advenimiento. Una palabra que se aplicaba especialmente a la llegada de algún personaje importante, y que ahora nosotros dedicamos al Señor Jesús, el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre; principio y fin de la historia.
El entonces Cardenal Joseph Ratzinger explicaba que “adviento”: “… es la traducción de la palabra griega parusía, que significa «presencia», o mejor dicho, «llegada», es decir, presencia comenzada. En la antigüedad se usaba para designar la presencia de un rey o señor, o también del dios al que se rinde culto y que regala a sus fieles el tiempo de su parusía, de su presencia.
Es decir, que el Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo.



Tomando como base esta enseñanza del Cardenal Ratzinger, y adaptándola a los fines de esta enseñanza, digamos que:
1)   La presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado:
®       Él ya está presente en el mundo, más sin embargo, de una manera oculta. Con todo, su presencia ya ha comenzado.
®       Y ahora somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo por medio de nuestra fe, esperanza y amor. Es así  como él quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo.
®       De esta forma, las luces que encendamos dominicalmente en el adviento son a la vez un consuelo y una advertencia. Consuelo por la certeza consoladora de que «la luz del mundo» se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino. Esa presencia de Dios acabada de comenzar, aún no es total, sino que esta proceso de crecimiento y maduración. Advertencia, por la conciencia de que esta luz solamente puede —y solamente quiere— seguir brillando si es sostenida por aquellos que, por ser cristianos, continúan a través de los tiempos la obra de Cristo. La luz de Cristo quiere iluminar la noche del mundo a través de la luz que somos nosotros; su presencia ya iniciada ha de seguir creciendo por medio de nosotros. El niño - Dios nace allí donde se obra por inspiración del amor del Señor, donde se hace algo más que intercambiar regalos.

2)   Pero si Adviento significa presencia de Dios ya comenzada, esta presencia tan solo ha comenzado. Esto implica que el cristiano no mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado, sino también a lo que está por venir. En medio de todas las desgracias del mundo tiene la certeza de que la simiente de luz sigue creciendo oculta, hasta que un día el bien triunfará definitivamente y todo le estará sometido: el día que Cristo vuelva. Sabe que la presencia de Dios, que acaba de comenzar, será un día presencia total. Y esta certeza le hace libre, le presta un apoyo definitivo (...)».
Ya como el Papa Benedicto XVI, él nos vuelve a explicar muy bien el sentido cristiano y la exigencia espiritual del adviento al recordarnos que: “la palabra latina «adventus» se refiere a la venida de Cristo y pone en primer plano el movimiento de Dios hacia la humanidad, al que cada uno está llamado a responder con la apertura, la espera, la búsqueda y la adhesión. Y al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga la obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor. Durante estos días la liturgia nos presenta como modelo perfecto de esa respuesta a la Virgen María, a quien el próximo 8 de diciembre contemplaremos en el misterio de la Inmaculada Concepción”1 (S.S. Benedicto XVI, Ángelus, 4-XII-05).
En definitiva, y en pocas palabras, adviento es el tiempo del YA, PERO TODAVÍA NO. Cristo ya está presente en este mundo (encarnación), pero este mundo todavía no es plenamente reino de Dios. Y lo será solamente cuando se cumpla lo que afirmamos en el Credo, su segunda venida gloriosa.
El tiempo litúrgico del Adviento es pues el tiempo de la espera de la acción divina, la espera del gesto de Dios que viene hacia nosotros y que reclama nuestra acogida de fe y amor. Con el Antiguo Testamento, San Juan el Bautista, San José, y Santa María preparamos la venida del Señor



Dicho todo lo anterior, podemos entender ahora que el Adviento celebra una triple venida del Señor:
·   En primer lugar, la histórica, cuando asumió nuestra carne y nació de Santa María siempre Virgen. Con el día 17 de Diciembre, empieza la segunda parte o segundo bloque del Adviento. La Palabra de Dios centra de lleno nuestra atención a preparar la solemnidad de la Navidad, a conmemorar el nacimiento del Señor en Belén, la encarnación. Es lo que llamamos su primera venida, en carne, (Jn. 1,14) acompañado de la presencia maternal y amorosa de Santa María y su esposo, San José.
·   En segundo lugar, la que se realiza en nuestra existencia personal, iniciada por el Bautismo y continuada en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, donde está real y sustancialmente presente. También el Señor viene a nosotros en los sucesos de cada día, en los acontecimientos de la historia y manifiesta así que la vida cristiana es permanente adviento o presencia/venida suya a nuestras vidas, lo que exige nuestra acogida de fe y nuestra cooperación activa desde nuestra libertad. Este centrarnos más en la venida cotidiana, lo vemos marcado en la Palabra por los anuncios del precursor, San Juan el Bautista, y su invitación a preparar los caminos del Señor
·   Y en tercer lugar, la venida definitiva o escatológica, al final de los tiempos, cuando el Señor Jesús instaure definitivamente el Reino de Dios. Con el primer domingo inicia la primera parte o el primer bloque del Adviento. En esos primeros días, la atención se dirige hacia la venida definitiva al final de los tiempos, con las llamadas en la Palabra de Dios a la vigilancia y al estar para estar bien dispuestos.
Todo esto lo celebramos en el Adviento gradualmente. Y todo, acompañados por los oráculos de Isaías y de los demás profetas, que nos hacen vivir en actitud de gozosa espera.
Por ello el Adviento no es sólo la espera de un acontecimiento, Adviento es sobre todo la espera de una persona. Así, el acontecimiento esperado es esa intervención de Dios en la historia que coincide con la venida del Hijo de Dios, de Cristo: «Dice el que da testimonio de todo esto: “Sí, pronto vendré”. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20). Parece que “Marana tha” («Ven, Señor») fue una de las oraciones más frecuentes de los primeros cristianos, lo que muestra que su actitud fundamental era una actitud de espera de la vuelta definitiva de Cristo. Pero no con la actitud de evadirse del tiempo para encontrar la eternidad, sino la de esperar la venida de la eternidad en el tiempo, asumiendo el movimiento mismo de la historia, esperando su acabamiento, con la venida definitiva del Señor. Por ello la oración cristiana no es evasión sino compromiso con la finalidad última del mundo.
"Podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. A este propósito, quisiera recordar también hoy la constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual: es un texto profundamente impregnado de esperanza cristiana. Me refiero, en particular, al número 39, titulado "Tierra nueva y cielo nuevo". En él se lee: "La revelación nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia (cf. 2 Cor 5, 2; 2 P 3, 13). (...) No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra". En efecto, recogeremos los frutos de nuestro trabajo cuando Cristo entregue al Padre su reino eterno y universal. María Santísima, Virgen del Adviento, nos obtenga vivir este tiempo de gracia siendo vigilantes y laboriosos, en espera del Señor"3 (S.S. Benedicto XVI, Ángelus, 27-XI-05.)



Cerremos este primer apartado, sobre el sentido del Adviento con otra reflexión del en ese entonces Cardenal Ratzinger: “El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de su aspecto externo y festivo profano tal que en el seno de la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un Adviento auténtico”. En otras palabras, Ratzinger nos recuerda que el Adviento ha desaparecido del ambiente cotidiano en el que vivimos. La sociedad consumista y hedonista no espera a un Dios salvador que vendrá a instaurar definitivamente su reino. Nuestro comercializado medio ambiente no quiere que elevemos la mirada a lo alto del cielo, a la infinita presencia del Señor que viene. Desde antes que llegue nuestro tiempo cristiano de Adviento, el tiempo comercial (que cada vez empieza más temprano, ¡hasta que llegue el día en que increíblemente se nos haga pasar directamente de la Semana Santa comercial a los primeros anuncios de la ya próxima Navidad!!!) busca ahogar el espíritu de la esperanza teologal para sustituirla por la esperanza consumista: ya no se espera al redentor, se espera lo que se consumirá (comidas, regalos, fiesta, adornos, luces, cohetes, música, etc). Lo que vale ya no es la eternidad (“Yo he venido para tengan vida, y vida eterna” (cita), sino la temporalidad: lo que ahora disfruto, experimento, lo que me va a satisfacer ahora, en este instante.
Pero las palabras del Cardenal Ratzinger son de esperanza: ante esta realidad consumista, temporal, hedonista, la fe se revela y no se siente satisfecha la vida del cristiano. En otras palabras, a los  discípulos de Jesús, la manera como la sociedad se plantea y vive los primeros días de diciembre hasta la Navidad, no solo no los satisface sino que además los cuestiona. Y entonces, sienten la necesidad apremiante de recuperar el verdadero sentido de esos días a la luz de una vivencia real del mensaje de esperanza del Adviento. Y para que nuestro pueblo abra sus ojos y caiga en la cuenta de que su fe lo llama a un mensaje muy diferente ES INDISPENSABLE revisar en 3 dimensiones la manera como celebramos nuestra fe en el Adviento:
1.      Cómo ambientamos el templo: lamentablemente son muchos los templos que en los primeros días de diciembre más parecen centros comerciales que casas de oración. La ambientación u ornato en esos templos no solo pasa por alto la austeridad del adviento sino que además siguen las pautas de adorno propios de un centro comercial.
2.      Lo que predicamos: hay que ayudar al pueblo de Dios a comprender que la Palabra de Dios en los días de Adviento nada tienen que ver con una mentalidad de catástrofe y fin del mundo, que una cosa es el lenguaje con el que se dicen las cosas y otra muy distinta el mensaje que se quiere transmitir ¡Son apenas 4 semanas para orientar al pueblo de Dios hacia aquello que da pleno sentido a la vida terrena: la vida eterna!
3.      Lo que cantamos: es el tercer elemento de esta trilogía evangelizadora, tan valiosa como las dos anteriores. De hecho, el contenido del canto es la clave para ayudar a la asamblea litúrgica a captar el sentido de un ornato adecuado del templo, así como la orientación de la Palabra de Dios en ese Tiempo Litúrgico.


En conclusión, 3 cosas son importantes para ubicar el sentido y la forma de celebrar el Adviento:
1.    Su SIGNIFICADO: es el Tiempo del “Ya, pero todavía no”. Adviento celebra la presencia real de Dios en un mundo, que sin embargo, no ha alcanzado a ser todavía, reino de Dios, y lo será solo cuando el Señor retorne nuevamente en todo el esplendor de la gloria del Hijo único de Padre “… a juzgar a vivos y muertos…” e instaurar el reino sin fin de su Justicia y su Amor. Mientras ese día llega, es su voluntad que nosotros, los hijos de Dios, edifiquemos este mundo con su gracia.
2.    Su ESPIRITUALIDAD: centrada en la virtud teologal de la esperanza. De ahí que se diga que Adviento es el tiempo de la esperanza.
3.    Su ENFOQUE: la austeridad.

3. El Adviento: tiempo de austeridad
Para que se haga sensible el triple sentido del Adviento, (sentido escatológico, de venida continua y de preparación a la Navidad), durante el Adviento la liturgia suprime algunos signos festivos, entre ellos el canto de Gloria. Es una manera de expresar, que sólo cuando el Señor Jesús esté con nosotros al final de los tiempos e instaure definitivamente su Reino, la Iglesia podrá hacer fiesta con todo esplendor. El tiempo del Adviento es por tanto un tiempo marcado por la austeridad, lo cual es muy distinto al carácter penitencial de la Cuaresma.
En el Adviento se emplean vestiduras moradas (cuyo significado es precisamente de esperanza: morado en cuaresma, la esperanza, bajo un enfoque de penitencia; morado en misa de difuntos, la esperanza bajo un enfoque de resurrección, morado en Adviento, la esperanza con sabor a austeridad), se omite el canto del Gloria, y la ambientación es sobria. Con todo se conservan algunos signos festivos, como por ejemplo el canto del Aleluya.
 Aporte Pbro. Rafael Alvarado


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