viernes, 25 de noviembre de 2011

MENSAJE DE LA ASAMBLEA ORDINARIA DE LOS OBISPOS DE CENTRO AMÉRICA


A nuestros sacerdotes, religiosos y religiosas, agentes de pastoral, pueblo católico, hermanos en la fe cristiana, a todos los centroamericanos, hombres y mujeres de buena voluntad:

Introducción

1. «Gracia a ustedes y paz de parte de Dios nuestro Padre y del Señor Jesucristo» (Fil 1,2). Los Obispos de Centro América nos hemos reunido para la Asamblea Ordinaria Anual del Secretariado Episcopal de América Central (SEDAC), del 21 al 25 de noviembre en Valle de Ángeles, Honduras. Como Pastores, «llamados a vivir el amor a Jesucristo y a la Iglesia en la intimidad de la oración y en la donación de nosotros mismos a los hermanos y hermanas, a quienes presidimos en la caridad» (Aparecida, 186) en estos días «hemos dado gracias a Dios por todos ustedes, recordándolos sin cesar en nuestras oraciones» (1 Tes 1,2).

2. Hemos vivido en nuestra asamblea una rica experiencia de comunión y de fraternidad, que nos ha hecho gustar el ser Iglesia como «casa y escuela de comunión» (Aparecida, 187) y nos ha impulsado a renovar con alegría nuestro ministerio como «pastores y guías espirituales de las comunidades a nosotros encomendadas» (Aparecida, 188). Hemos orado y reflexionado juntos, hemos compartido el camino de la Iglesia en los diferentes países y hemos discernido la voluntad de Dios frente a los retos de la realidad. En este espíritu de oración y de comunión deseamos dirigirles, a la luz de tres parábolas del evangelio, un mensaje de fe y de esperanza que, aun en medio de las oscuridades e incertidumbres de la historia, contribuya a reconocer la presencia del Reino de Dios en nuestros pueblos.

«Dejen que el trigo y la cizaña crezcan juntos hasta la cosecha» (Mt 13,30)

3. Recordemos en primer lugar la parábola del trigo y la cizaña. En ella Jesús nos enseña que el Reino de Dios se abre paso en la historia en medio de la malicia y del pecado humano, creciendo como el trigo en medio de la maleza. De este modo Jesús nos ayuda a ver la realidad con objetividad y esperanza, reconociendo las luces y sombras de la historia pero confiando en la victoria final del proyecto de Dios (cf. Mt 13,24-30).

4. Reconocemos como trigo bueno, signo del Reino, el amor a la vida, arraigado en el corazón de nuestros pueblos y distintivo de nuestra cultura, vivido, sin embargo, en medio de la maleza de una alarmante violencia que reviste diversas formas y tiene diversos agentes: el crimen organizado y el narcotráfico, violencia común y creciente violencia intrafamiliar. Junto a las soluciones sociales y económicas que los Estados y la sociedad deben implementar para frenar y erradicar el crecimiento de este flagelo, los cristianos debemos empeñarnos en el seguimiento de Cristo Redentor, a través de la oración por la paz y el compromiso por la vida y la justicia, sabiendo que «la radicalidad de la violencia sólo se resuelve con la radicalidad del amor redentor» (Aparecida, 543).

5. En medio de pueblos que aman la verdad y la honestidad y que han luchado siempre por la igualdad y la libertad, paradójicamente persisten todavía situaciones y estructuras adversas tales como la exclusión social de inmensas mayorías pobres, la corrupción en la sociedad y en el Estado, el irrespeto a las leyes y a las instituciones democráticas y la violación a los derechos humanos. Todo ello rompe la armonía social, contribuye al crecimiento de la pobreza de gran parte de nuestra población y provoca la dolorosa migración forzada de muchos centroamericanos. Vemos, finalmente, como trigo en medio de la maleza, el aprecio por el valor de la familia todavía existente en nuestra sociedad, a pesar de que hoy se ve amenazada por ideologías, leyes y situaciones de inseguridad económica que no la favorecen. Con la conciencia de que el trigo bueno del Reino de Dios sigue creciendo en medio de la maleza, no permitamos que se oscurezca o debilite nuestro compromiso cristiano por vivir y anunciar los valores del Evangelio.

«El Reino es como un grano de mostaza, la más pequeña de todas las semillas» (Mc 4,31)

6. En segundo lugar deseamos recordar la parábola del grano de mostaza, con la que Jesús nos enseña que el Reino de Dios no llega necesariamente a través de acciones o gestos grandiosos, sino discretamente por medio de realizaciones humanas, inicialmente sencillas o limitadas. Estas realidades aparentemente pequeñas son signos a través de las cuales el Señor llega a nuestra historia y nos las ofrece como oportunidades para comprometernos generosamente en la construcción de su reino, descubriendo el valor decisivo del momento presente por insignificante que parezca (cf. Mc 4,30-32).

7. Reconocemos con alegría algunos signos de vida eclesial, que como granitos de mostaza pueden parecer pequeños, pero ya están dando mucho fruto en nuestras comunidades. Entre ellos podemos señalar la profunda «espiritualidad» de nuestro pueblo centroamericano, con la que se aferra al amor de Dios y no pierde la esperanza aún viviendo situaciones dramáticas de dificultad y de dolor; la entrega generosa de tantos sacerdotes, religiosos (as) y laicos (as), que en el campo y la ciudad dan testimonio de Cristo y sirven a la Iglesia aun en medio de no pocas limitaciones y sacrificios; y, en tercer lugar, el camino de renovación de muchas de nuestras parroquias, que se está abriendo paso a pesar de ciertas resistencias personales y estructurales. Otro signo sumamente esperanzador es la fe entusiasta de muchos jóvenes, «amigos y discípulos de Cristo» (Aparecida, 443), quienes ciertamente son y seguirán siendo en el futuro fermento de renovación de nuestra sociedad a la luz el Evangelio. La Iglesia desea ser cercana a los jóvenes, animando sus más nobles ideales, acompañándoles en su vida espiritual y colaborando en la formación de su conciencia social y política a la luz de los valores del Reino de Dios.


«Una vez salió un sembrador a sembrar» (Mc 4,3)

8. Finalmente recordemos la parábola del sembrador, con la que Jesús se presenta a sí mismo anunciando con optimismo el Reino, con sus palabras y sus obras, sin excluir a nadie del proyecto de Dios. Con la parábola Jesús quiere también combatir la desesperanza de quienes no ven resultados inmediatos, exhortándonos a proclamar siempre la Palabra con confianza en su eficacia transformadora, sin desanimarnos por los aparentes fracasos y sin importar que haya corazones duros que no estén dispuestos a recibirla (cf. Mc 4,1-9).

9. Hoy Jesús continúa sembrando la semilla del Evangelio a través de la misión evangelizadora de la Iglesia, «que tiene como misión propia y específica, comunicar la vida de Jesucristo, a todas las personas, anunciando la palabra, celebrando los Sacramentos y predicando la caridad» (Aparecida, 386). Es nuestro mayor deseo como Obispos de Centro América que nuestra Iglesia no cese de sembrar con ardor misionero la semilla del Evangelio, convirtiéndose en un «poderoso centro de irradiación de la vida en Cristo» (Aparecida, 362), comprometida por una vida mejor y más digna para todos, especialmente para los más pobres y marginados de la sociedad.

10. La parábola del sembrador exige la fe de quien lanza la semilla y la fe del terreno que la recibe (Cf. Mc 4,13-20). Por eso exhortamos a todo el pueblo de Dios a que acojamos con renovada gratitud del don de la fe, viviendo sus exigencias con coherencia y radicalidad. Dóciles a la acción de Dios, «quien, por su benevolencia, realiza en nosotros el querer y el obrar» (Fil 2,13), esforcémonos en vivir nuestra fe como camino de discipulado misionero, fruto de un encuentro profundo y continuamente renovado con Jesucristo, vivido en la comunión y participación activa en el seno de la comunidad eclesial y expresada proféticamente en el testimonio significativo y eficaz de los valores del Evangelio en medio de la sociedad.

11. Manifestamos nuestra profunda gratitud a Adveniat, organismo de la Conferencia Episcopal Alemana, que está cumpliendo en este año cincuenta años de existencia, y a todo el pueblo católico de Alemania. Creada por los obispos alemanes con el propósito de apoyar en modo solidario el camino evangelizador de la Iglesia de América Latina, Adveniat se ha manifestado siempre cercana y generosa a las necesidades de nuestras iglesias centroamericanas. ¡Gracias por su generosidad y solidaridad! ¡Gracias por apoyarnos en nuestro esfuerzo de sembrar la semilla liberadora del Evangelio en nuestros pueblos!

12. Que la Virgen María, «la discípula más perfecta del Señor», quien «con su fe, llega a ser el primer miembro de la comunidad de los creyentes en Cristo» (Aparecida, 266), ilumine con su amor maternal el camino de la Iglesia en Centro América, para que vivamos nuestra fe como ella, «tanto en la actitud de escucha orante como en la generosidad del compromiso en la misión y el anuncio» (Verbum Domini, 28).

Dado en Tegucigalpa, Honduras, el veintitrés de noviembre de dos mil once.





Mons. Leopoldo José Brenes Solórzano                               Mons. Jorge Solórzano Pérez
Arzobispo de Managua, Nicaragua                                       Obispo de Granada, Nicaragua
Presidente del SEDAC                                                         Secretario General del SEDAC


jueves, 24 de noviembre de 2011

Adviento-Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006



[243][484]
  Tiempo litúrgico de preparación a la Navidad o venida de Jesús. Recoge los sentimientos de la Iglesia, cuando piensa en la esperanza del Redentor y cuando recuerda los largos siglos que precedieron a su venida a la tierra.



     Surgió históricamente hacia el siglo IV en las iglesias de La Galia y de España, cuando la celebración de la Navidad se situó en la fiesta romana del solisticio de invierno, el 24-25 de Diciembre. En los primeros momentos se hacía referencia a la preparación de la venida o manifestación del Señor, es decir a  la Epifanía, que se celebraba el 6 de Enero. En Oriente siguió la costumbre del 6 ó 7 de Enero. En Roma se desplazó al 25 de Diciembre y por influencia romana se extendió por Occidente.



      Hacia el 360, S. Hilario de Poitiers hablaba ya de la "necesidad de prepararse a la venida del Señor con una semana de oración y penitencia y por lo tanto que el 17 de Diciembre comenzaba esa preparación."
    El Concilio de Zaragoza, del año 380, en su canon 4, decretó que fueran 21 días la duración de esa preparación para la llegada de Jesús o "adventus Domini". En Roma ya aparece en documentos del siglo VI la práctica del adviento.


    En el siglo VII en toda La Galia, España y en Italia, se conocía el "adviento de 40 días", a semejanza de la cuaresma preparatoria de la Pascua.


    Su espíritu está centrado en la esperanza profética que anunciaba y esperaba la llegada del Salvador. La liturgia se desenvuelve en plegarias, en reflexiones y el recuerdo de las profecías mesiánicas. Es tiempo de esperanza y de alegría contenida, de fe y de gozo. Es tiempo de profetas y de anuncios. Se presta magníficamente para una sólida catequesis sobre las profecías. Por eso la catequesis del Adviento tiene especial importancia en la ascesis y en la tradición de la Iglesia.


    En las lecturas litúrgicas desfilan los profetas más mesiánicos: Isaías, Jeremías, Oseas, Miqueas... Se entonan las antífonas e himnos que anuncian salvación. Y se recuerdan también las grandes figuras neotestamentarias, las cuales se presentan expectantes ante la inminente figura de Jesús: María, Juan el Bautista, Simeón, Ana la profetisa.


Pedro Chico González, Diccionario de Catequesis y Pedagogía Religiosa, Editorial Bruño, Lima, Perú 2006

lunes, 21 de noviembre de 2011

SIGNIFICADO DEL TIEMPO LITÚRGICO DEL ADVIENTO


Arquidiócesis de Tegucigalpa/ Decanato Zona Periférica
Parroquia Cristo Rey y Santa Cruz
Preparación DE COROS PARRROQUIALES
Para los Tiempos Litúrgicos de Adviento y Navidad
    Cantando al Señor en Espíritu y Verdad en Adviento y Navidad.
12 Y 13 de Noviembre 2011
SIGNIFICADO DEL TIEMPO LITÚRGICO DEL ADVIENTO
Las siguientes notas tienen como base una enseñanza tanto del entonces Cardenal Ratzinger , como después, del ahora Papa Benedicto XVI; un extenso material de Mons. José Antonio Eguren Anselmi, titulado “El Tiempo de Adviento”,………. Y finalmente,  reflexiones y adaptaciones de redacción del P. Rafael Alvarado.
I. Introducción
1. Un tiempo diferente
Una de las primeras preocupaciones que debemos tener al empezar el tiempo del Adviento, es lograr una clara conciencia que empieza un tiempo distinto a las semanas que lo han precedido. Por tanto subrayar el cambio de tonalidad de estos días dará vitalidad a las celebraciones, ayudará a redescubrir matices importantes y quizá un tanto olvidados de la vida cristiana e incluso podrá servir para alejar la rutina de unas celebraciones siempre idénticas, o por lo menos, muy parecidas. Para despertar la novedad del Adviento será muy importante:
·       Cuidar los detalles externos (ambientación del lugar, cantos, etc.).
·       Recalcar los diferentes enfoques de las lecturas (en estos días prácticamente no hay lectura continua).
·       Y subrayar los contenidos de los textos eucológicos (oraciones presidenciales, prefacios).

2. Sentido del Adviento
El Adviento es fundamentalmente el tiempo de la venida del Señor. Eso significa la palabra latina “adventus”: venida, advenimiento. Una palabra que se aplicaba especialmente a la llegada de algún personaje importante, y que ahora nosotros dedicamos al Señor Jesús, el único Salvador del mundo, ayer, hoy y siempre; principio y fin de la historia.
El entonces Cardenal Joseph Ratzinger explicaba que “adviento”: “… es la traducción de la palabra griega parusía, que significa «presencia», o mejor dicho, «llegada», es decir, presencia comenzada. En la antigüedad se usaba para designar la presencia de un rey o señor, o también del dios al que se rinde culto y que regala a sus fieles el tiempo de su parusía, de su presencia.
Es decir, que el Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo.



Tomando como base esta enseñanza del Cardenal Ratzinger, y adaptándola a los fines de esta enseñanza, digamos que:
1)   La presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado:
®       Él ya está presente en el mundo, más sin embargo, de una manera oculta. Con todo, su presencia ya ha comenzado.
®       Y ahora somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo por medio de nuestra fe, esperanza y amor. Es así  como él quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo.
®       De esta forma, las luces que encendamos dominicalmente en el adviento son a la vez un consuelo y una advertencia. Consuelo por la certeza consoladora de que «la luz del mundo» se ha encendido ya en la noche oscura de Belén y ha cambiado la noche del pecado humano en la noche santa del perdón divino. Esa presencia de Dios acabada de comenzar, aún no es total, sino que esta proceso de crecimiento y maduración. Advertencia, por la conciencia de que esta luz solamente puede —y solamente quiere— seguir brillando si es sostenida por aquellos que, por ser cristianos, continúan a través de los tiempos la obra de Cristo. La luz de Cristo quiere iluminar la noche del mundo a través de la luz que somos nosotros; su presencia ya iniciada ha de seguir creciendo por medio de nosotros. El niño - Dios nace allí donde se obra por inspiración del amor del Señor, donde se hace algo más que intercambiar regalos.

2)   Pero si Adviento significa presencia de Dios ya comenzada, esta presencia tan solo ha comenzado. Esto implica que el cristiano no mira solamente a lo que ya ha sido y ya ha pasado, sino también a lo que está por venir. En medio de todas las desgracias del mundo tiene la certeza de que la simiente de luz sigue creciendo oculta, hasta que un día el bien triunfará definitivamente y todo le estará sometido: el día que Cristo vuelva. Sabe que la presencia de Dios, que acaba de comenzar, será un día presencia total. Y esta certeza le hace libre, le presta un apoyo definitivo (...)».
Ya como el Papa Benedicto XVI, él nos vuelve a explicar muy bien el sentido cristiano y la exigencia espiritual del adviento al recordarnos que: “la palabra latina «adventus» se refiere a la venida de Cristo y pone en primer plano el movimiento de Dios hacia la humanidad, al que cada uno está llamado a responder con la apertura, la espera, la búsqueda y la adhesión. Y al igual que Dios es soberanamente libre al revelarse y entregarse, porque sólo lo mueve el amor, también la persona humana es libre al dar su asentimiento, aunque tenga la obligación de darlo: Dios espera una respuesta de amor. Durante estos días la liturgia nos presenta como modelo perfecto de esa respuesta a la Virgen María, a quien el próximo 8 de diciembre contemplaremos en el misterio de la Inmaculada Concepción”1 (S.S. Benedicto XVI, Ángelus, 4-XII-05).
En definitiva, y en pocas palabras, adviento es el tiempo del YA, PERO TODAVÍA NO. Cristo ya está presente en este mundo (encarnación), pero este mundo todavía no es plenamente reino de Dios. Y lo será solamente cuando se cumpla lo que afirmamos en el Credo, su segunda venida gloriosa.
El tiempo litúrgico del Adviento es pues el tiempo de la espera de la acción divina, la espera del gesto de Dios que viene hacia nosotros y que reclama nuestra acogida de fe y amor. Con el Antiguo Testamento, San Juan el Bautista, San José, y Santa María preparamos la venida del Señor



Dicho todo lo anterior, podemos entender ahora que el Adviento celebra una triple venida del Señor:
·   En primer lugar, la histórica, cuando asumió nuestra carne y nació de Santa María siempre Virgen. Con el día 17 de Diciembre, empieza la segunda parte o segundo bloque del Adviento. La Palabra de Dios centra de lleno nuestra atención a preparar la solemnidad de la Navidad, a conmemorar el nacimiento del Señor en Belén, la encarnación. Es lo que llamamos su primera venida, en carne, (Jn. 1,14) acompañado de la presencia maternal y amorosa de Santa María y su esposo, San José.
·   En segundo lugar, la que se realiza en nuestra existencia personal, iniciada por el Bautismo y continuada en los sacramentos, especialmente en la Eucaristía, donde está real y sustancialmente presente. También el Señor viene a nosotros en los sucesos de cada día, en los acontecimientos de la historia y manifiesta así que la vida cristiana es permanente adviento o presencia/venida suya a nuestras vidas, lo que exige nuestra acogida de fe y nuestra cooperación activa desde nuestra libertad. Este centrarnos más en la venida cotidiana, lo vemos marcado en la Palabra por los anuncios del precursor, San Juan el Bautista, y su invitación a preparar los caminos del Señor
·   Y en tercer lugar, la venida definitiva o escatológica, al final de los tiempos, cuando el Señor Jesús instaure definitivamente el Reino de Dios. Con el primer domingo inicia la primera parte o el primer bloque del Adviento. En esos primeros días, la atención se dirige hacia la venida definitiva al final de los tiempos, con las llamadas en la Palabra de Dios a la vigilancia y al estar para estar bien dispuestos.
Todo esto lo celebramos en el Adviento gradualmente. Y todo, acompañados por los oráculos de Isaías y de los demás profetas, que nos hacen vivir en actitud de gozosa espera.
Por ello el Adviento no es sólo la espera de un acontecimiento, Adviento es sobre todo la espera de una persona. Así, el acontecimiento esperado es esa intervención de Dios en la historia que coincide con la venida del Hijo de Dios, de Cristo: «Dice el que da testimonio de todo esto: “Sí, pronto vendré”. ¡Amén! ¡Ven, Señor Jesús!» (Ap 22,20). Parece que “Marana tha” («Ven, Señor») fue una de las oraciones más frecuentes de los primeros cristianos, lo que muestra que su actitud fundamental era una actitud de espera de la vuelta definitiva de Cristo. Pero no con la actitud de evadirse del tiempo para encontrar la eternidad, sino la de esperar la venida de la eternidad en el tiempo, asumiendo el movimiento mismo de la historia, esperando su acabamiento, con la venida definitiva del Señor. Por ello la oración cristiana no es evasión sino compromiso con la finalidad última del mundo.
"Podríamos decir que el Adviento es el tiempo en el que los cristianos deben despertar en su corazón la esperanza de renovar el mundo, con la ayuda de Dios. A este propósito, quisiera recordar también hoy la constitución Gaudium et spes del Concilio Vaticano II sobre la Iglesia en el mundo actual: es un texto profundamente impregnado de esperanza cristiana. Me refiero, en particular, al número 39, titulado "Tierra nueva y cielo nuevo". En él se lee: "La revelación nos enseña que Dios ha preparado una nueva morada y una nueva tierra en la que habita la justicia (cf. 2 Cor 5, 2; 2 P 3, 13). (...) No obstante, la espera de una tierra nueva no debe debilitar, sino más bien avivar la preocupación de cultivar esta tierra". En efecto, recogeremos los frutos de nuestro trabajo cuando Cristo entregue al Padre su reino eterno y universal. María Santísima, Virgen del Adviento, nos obtenga vivir este tiempo de gracia siendo vigilantes y laboriosos, en espera del Señor"3 (S.S. Benedicto XVI, Ángelus, 27-XI-05.)



Cerremos este primer apartado, sobre el sentido del Adviento con otra reflexión del en ese entonces Cardenal Ratzinger: “El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de su aspecto externo y festivo profano tal que en el seno de la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un Adviento auténtico”. En otras palabras, Ratzinger nos recuerda que el Adviento ha desaparecido del ambiente cotidiano en el que vivimos. La sociedad consumista y hedonista no espera a un Dios salvador que vendrá a instaurar definitivamente su reino. Nuestro comercializado medio ambiente no quiere que elevemos la mirada a lo alto del cielo, a la infinita presencia del Señor que viene. Desde antes que llegue nuestro tiempo cristiano de Adviento, el tiempo comercial (que cada vez empieza más temprano, ¡hasta que llegue el día en que increíblemente se nos haga pasar directamente de la Semana Santa comercial a los primeros anuncios de la ya próxima Navidad!!!) busca ahogar el espíritu de la esperanza teologal para sustituirla por la esperanza consumista: ya no se espera al redentor, se espera lo que se consumirá (comidas, regalos, fiesta, adornos, luces, cohetes, música, etc). Lo que vale ya no es la eternidad (“Yo he venido para tengan vida, y vida eterna” (cita), sino la temporalidad: lo que ahora disfruto, experimento, lo que me va a satisfacer ahora, en este instante.
Pero las palabras del Cardenal Ratzinger son de esperanza: ante esta realidad consumista, temporal, hedonista, la fe se revela y no se siente satisfecha la vida del cristiano. En otras palabras, a los  discípulos de Jesús, la manera como la sociedad se plantea y vive los primeros días de diciembre hasta la Navidad, no solo no los satisface sino que además los cuestiona. Y entonces, sienten la necesidad apremiante de recuperar el verdadero sentido de esos días a la luz de una vivencia real del mensaje de esperanza del Adviento. Y para que nuestro pueblo abra sus ojos y caiga en la cuenta de que su fe lo llama a un mensaje muy diferente ES INDISPENSABLE revisar en 3 dimensiones la manera como celebramos nuestra fe en el Adviento:
1.      Cómo ambientamos el templo: lamentablemente son muchos los templos que en los primeros días de diciembre más parecen centros comerciales que casas de oración. La ambientación u ornato en esos templos no solo pasa por alto la austeridad del adviento sino que además siguen las pautas de adorno propios de un centro comercial.
2.      Lo que predicamos: hay que ayudar al pueblo de Dios a comprender que la Palabra de Dios en los días de Adviento nada tienen que ver con una mentalidad de catástrofe y fin del mundo, que una cosa es el lenguaje con el que se dicen las cosas y otra muy distinta el mensaje que se quiere transmitir ¡Son apenas 4 semanas para orientar al pueblo de Dios hacia aquello que da pleno sentido a la vida terrena: la vida eterna!
3.      Lo que cantamos: es el tercer elemento de esta trilogía evangelizadora, tan valiosa como las dos anteriores. De hecho, el contenido del canto es la clave para ayudar a la asamblea litúrgica a captar el sentido de un ornato adecuado del templo, así como la orientación de la Palabra de Dios en ese Tiempo Litúrgico.


En conclusión, 3 cosas son importantes para ubicar el sentido y la forma de celebrar el Adviento:
1.    Su SIGNIFICADO: es el Tiempo del “Ya, pero todavía no”. Adviento celebra la presencia real de Dios en un mundo, que sin embargo, no ha alcanzado a ser todavía, reino de Dios, y lo será solo cuando el Señor retorne nuevamente en todo el esplendor de la gloria del Hijo único de Padre “… a juzgar a vivos y muertos…” e instaurar el reino sin fin de su Justicia y su Amor. Mientras ese día llega, es su voluntad que nosotros, los hijos de Dios, edifiquemos este mundo con su gracia.
2.    Su ESPIRITUALIDAD: centrada en la virtud teologal de la esperanza. De ahí que se diga que Adviento es el tiempo de la esperanza.
3.    Su ENFOQUE: la austeridad.

3. El Adviento: tiempo de austeridad
Para que se haga sensible el triple sentido del Adviento, (sentido escatológico, de venida continua y de preparación a la Navidad), durante el Adviento la liturgia suprime algunos signos festivos, entre ellos el canto de Gloria. Es una manera de expresar, que sólo cuando el Señor Jesús esté con nosotros al final de los tiempos e instaure definitivamente su Reino, la Iglesia podrá hacer fiesta con todo esplendor. El tiempo del Adviento es por tanto un tiempo marcado por la austeridad, lo cual es muy distinto al carácter penitencial de la Cuaresma.
En el Adviento se emplean vestiduras moradas (cuyo significado es precisamente de esperanza: morado en cuaresma, la esperanza, bajo un enfoque de penitencia; morado en misa de difuntos, la esperanza bajo un enfoque de resurrección, morado en Adviento, la esperanza con sabor a austeridad), se omite el canto del Gloria, y la ambientación es sobria. Con todo se conservan algunos signos festivos, como por ejemplo el canto del Aleluya.
 Aporte Pbro. Rafael Alvarado


ADVIENTO - NAVIDAD DOS TIEMPOS LITÚRGICOS, UN SOLO MISTERIO: LA PASCUA.


ARQUIDIOCESIS DE TEGUCIGALPA/DECANATO PERIFÉRICO.
PARROQUIA CRISTO REY Y LA SANTA CRUZ.
Col. 21 de Octubre, salida a Valle de Ángeles.

2da etapa.
1era ASAMBLEA LITÚRGICA PARROQUIAL 2011

ADVIENTO - NAVIDAD

DOS TIEMPOS LITÚRGICOS, UN SOLO MISTERIO: LA PASCUA.
1.      Al principio… la Palabra.
*           El núcleo de la predicación apostólica y, por tanto, el primer mensaje de la fe anunciado de los Apóstoles: la Pascua del Señor.
*           A la luz de la Pascua, los primeros cristianos vuelven sus ojos al origen, al principio de todos estos acontecimientos que culminaron con la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Y al hacerlo, vuelven, pues su atención hacia el inicio de todo: el misterio de la Encarnación (Jn. 1,1 y 14).
*           De esta manera, desde los primeros siglos de la Iglesia se fue desarrollando rápidamente una intensa reflexión sobre la íntima relación entre la Pascua y la Navidad.
*           Por este mismo camino, los primeros cristianos (sg. IV y V) empiezan a profundizar sobre el misterio de la divinidad y la humanidad de Jesús, que nace (se manifiesta como…) hombre en el pesebre de Belén y resucita (se manifiesta como…) Dios en el sepulcro vacío de Jerusalén.
*           Junto a esta reflexión, se va desarrollando simultáneamente otra: el papel de aquella que siempre estuvo al lado de Jesús: su madre, María.
*           La misma creatividad evangelizadora de las primeras comunidades cristianas que adaptó la fecha pagana de la celebración del solsticio de invierno o fiesta del nacimiento del Sol (25 de Diciembre) como fiesta del nacimiento del Señor, relacionó aquella luz que brilló en el pesebre con el resplandor cegador de la resurrección de Aquel que es presentado (Jn. 1,9) y se presenta a sí mismo como la luz del mundo (Jn. 8, 12, 9,5).
*           Finalmente, por este mismo camino de asimetría se fue concluyendo que así como la Pascua tenía su tiempo de preparación (cuaresma), de igual manera debía tenerlo la Navidad: el Adviento.
           En España: en los años 380-381, en el Concilio de Zaragoza se habla de un tiempo de preparación de 3 semanas previas a la Fiesta de la Epifanía, por tanto a partir del 17 de diciembre. El objetivo  era prepararse para el recibir el sacramento del bautismo (que se recibía en esa fecha del año), tomando distancia de las fiestas paganas licenciosas y depravadas que se celebran en esas fechas. Posteriormente aparece en España un tiempo propiamente de Adviento, pero ahora de 6 semanas.
           En Francia: un sermón que se atribuye a San Hilario de Poitiers (más o menos 367), invita a los fieles a prepararse al Adviento del Señor con tres semanas de prácticas ascéticas y penitenciales, tomando así una postura diferente a las disolutas fiestas paganas del mes de Diciembre. Para el siglo V (años 400) se habla de un tiempo de 6 semanas de preparación a la Navidad, con un marcado espíritu cuaresmal, conocido como la “cuaresma de San Martín”, ya que iniciaba en la fiesta de este santo (San Martín de Tours), el 11 de Noviembre. En este mismo siglo, San Máximo de Turín da a este tiempo de preparación a la Navidad una marcada dimensión de caridad que tiene que influir sobre la vida social: “En preparación a la Navidad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda mancha… para que sea santo y glorioso el día en que los peregrinos sean acogidos, las viudas sean alimentadas y los pobres sean vestidos”.
           En Rávena: esta importante ciudad imperial del norte de Italia (puente entre Oriente y Occidente) fue además un importante centro de vida litúrgica. En ella, la preparación a la Navidad se centraba más en la meditación del misterio que en las prácticas penitenciales. Las oraciones del Adviento se refieren precisamente al nacimiento del Señor y su preparación en el antiguo Testamento. Los temas de referencia del Adviento son aquí el misterio del Verbo Encarnado, la colaboración de María, la espera de Isabel y Zacarías, entre otros. Muchos textos de esta tradición se utilizan hoy día en nuestra liturgia del Adviento y son conocidos como el “Rótulo de Rávena”.
           En Roma: el Adviento solo se conoce aquí a partir del siglo VI (años 500), y se atribuye su institución al Papa Siríaco. De las 6 semanas iniciales se pasa a 4 semanas, según la propuesta de San Gregorio Magno. Por influencias de San Columbano y sus monjes, el Adviento toma aquí un acento marcadamente escatológico. El mismo San Gregorio, con ocasión de un espantoso terremoto de la época, contribuyó a resaltar esta dimensión escatológica con un sermón basado en el Lc. 21, 25-33. Es desde entonces que el tema del último juicio marcó definitivamente la celebración del primer Domingo del Adviento.

Si las primeras anotaciones nos ayudaron a comprender cómo antes de pensar en el Adviento, las primeras comunidades cristianas reflexionaron sobre la Navidad, a la luz de la Pascua, éste rápido repaso sobre la evolución histórica del Adviento nos ayuda a entender:
                  Cómo solo al paso de los siglos fue tomando su forma definitiva el actual Tiempo litúrgico llamado Adviento.
                  y esto, como fruto de la interacción entre el teólogo que reflexiona sobre el mensaje de la fe; los pastores (sacerdotes y obispos) que van dándole formas concretas de celebración a esa misma fe; y el mismo pueblo de Dios que va asimilando pero a la vez expresando popularmente esa misma fe.
Esto nos marca a los católicos de hoy un gran reto:

¿Cómo expresar el mensaje de la fe de los Tiempos litúrgicos del Adviento y la Navidad e las circunstancias actuales de nuestro país y nuestra Iglesia, particularmente para los católicos de nuestra parroquia, y en general, para todos sus habitantes?






ADVIENTO DEL “YA, PERO TODAVÍA NO”.
La virtud teologal de la esperanza como sentido pleno de la vida: el reino de Dios.


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Por lo menos tengamos alguna referencia previa sobre lo que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice en torno a la virtud de la esperanza:
1817. La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicitar nuestra…

1818. La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino  de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna.

1821. Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7, 21). En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, ‘perseverar hasta el fin’ ( cf Mt 10, 22; cf Cc. Trento: DS 1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la Esperanza, la Iglesia implora que ‘todos los hombres se salven’ (1Tm 2,4).

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¿Cuál es el núcleo, el centro, del mensaje del Adviento como tiempo de preparación a la Navidad?

La presencia real de Cristo en el mundo y su reinado aún no definitivo.

Presencia iniciada más no concluida:
             Presencia que es efectivamente real y salvadora desde la encarnación en el pesebre de Belén, el “ya” de Dios en el mundo: Él ya está realmente entre nosotros. El “Enmanuel” se ha cumplido definitivamente.
             Pero cuya gloria y plena majestad en cuanto Hijo Único del Padre todavía no” se revela plenamente entre los hombres. Será solo cuando ocurra su segunda venida gloriosa que Él se manifestará ante todo el cosmos como Señor y Dios redentor de todo lo creado, el que ha de venir “a juzgar a vivos y muertos y establecer un reino de amor, justicia y paz que no tendrá fin.

Para mejor ilustrar esta teología escatológica, dos fuentes son muy iluminadoras:
Primero, el Catecismo de la Iglesia Católica, que en su comentario sobre el Credo afirma:

1.         El Señorío de Jesucristo:
Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está “por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas” (Ef 1,20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1Co 15, 24. 27-28)y de la historia. En Él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1,10), su cumplimiento transcendente.” #668
2.         La presencia real y eficaz de Cristo en la humanidad a través de su cuerpo místico, la Iglesia.
Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1,22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). “La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio”, “constituye el comienzo de este Reino en la tierra” (LG 3;5).” #669

La Iglesia es el reino de Cristo presente misteriosa y realmente en este mundo. La Iglesia es, pues, el germen y el comienzo del reino de Cristo en la tierra (LG 3;5)
3.         La salvación en esperanza.
El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado” con gran poder y gloria” (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15,28), y “mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1Co. 11, 26) que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: “Ven, Señor Jesús” (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).” #671
Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf. Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1, Co. 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia (cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt. 25, 1-13; Mc 13, 33-37).” # 672
4.          La eminente venida del Señor.
Desde la Ascensión, el Advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos “toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad” (Hch 1,7; cf. Mc 13, 32). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén “retenidos” en las manos de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12).” #673
5.             En Conclusión.
Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22, cf. Jn 5, 27; Mt 25, 31; Hch 10 42; 17, 31; 2Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3, 17) y para dar la vida que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (cf. Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido según sus obras (cf. 1 Co 3, 12-15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32; Hb 6, 4-6; 10, 26-31).” #679

El Segundo texto a citar es una antigua reflexión del entonces Cardenal Joseph Ratzinger sobre el Adviento:
«     El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de su aspecto externo y festivo profano tal que en el seno de la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un Adviento auténtico: la insuficiencia de ese ánimo festivo por sí sólo se deja sentir, y el objetivo de nuestras aspiraciones es el núcleo del acontecimiento, ese alimento del espíritu fuerte y consistente del que nos queda un reflejo en las palabras piadosas con que nos felicitamos las pascuas. ¿Cuál es ese núcleo de la vivencia del Adviento?
Podemos tomar como punto de partida la palabra ~Adviento~; este término no significa ~espera~, como podría suponerse, sino que es la traducción de la palabra griega parusía, que significa ~presencia~, o mejor dicho, ~llegada~, es decir, presencia comenzada. En la antigüedad se usaba para designar la presencia de un rey o señor, o también del dios al que se rinde culto y que regala a sus fieles el tiempo de su parusía. Es decir, que el Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo. Por eso nos recuerda dos cosas:
           Primero, que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que él ya está presente de una manera oculta (pero real y eficaz. Nota P. Rafael);
           Segundo lugar, que esa presencia de Dios acaba de comenzar, aún no es total, sino que esta proceso de crecimiento y maduración. Su presencia ya ha comenzado, y somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo. Es por medio de nuestra fe, esperanza y amor como él quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo. La luz de Cristo quiere iluminar la noche del mundo a través de la luz que somos nosotros; su presencia ya iniciada ha de seguir creciendo por medio de nosotros.

Vistas las enseñanzas del Catecismos de la Iglesia Católica y del Cardenal Ratzinger, concluyamos nuestras reflexiones:
         Si el núcleo central de Adviento, como Tiempo litúrgico que prepara la Navidad, es la celebración de la presencia real y eficaz de Cristo entre los hombres, en sus dos dimensiones escatológicas del “ya, pero todavía no”.
         El camino que nos propone la Iglesia para celebrar la presencia real de Cristo en el mundo y la llegada de su reino definitivo en su segunda venida gloriosa es la esperanza.

En conclusión:

Una auténtica pastoral litúrgica del Adviento debe promover y provocar en el pueblo de Dios una fe fuerte y dinámica en la presencia real pero aún no total de Cristo entre nosotros (su reino aún no es definitivo en este mundo). Por tanto:
1)        Ayuda a recordar que la vida se vive en clave de esperanza.
2)        Que la esperanza es un estilo de vida: vivimos no según los criterios y valores “de este mundo pasajero”, sino los criterios y valores de Aquel que vive entre nosotros y cuyo reino definitivo preparamos en la fe y el amor.
3)        Que este estilo de vida tiene en el Adviento sus propias características:
1.              La sobriedad y el anhelo de quien no se siente pleno hasta el retorno de su Señor.
2.             La alegría, el gozo, de quien prepara y se prepara para alcanzar su esperanza.
3.             El desprendimiento solidario frente a estos efímeros bienes materiales, de los que es necesario valerse para alcanzar una vida digna, más no vale la pena entregarles el corazón.
4.             Finalmente, la oración y la conversión como las mejores maneras de prepararse interiormente, en la escucha de su Palabra y la vida sacramental, a la llegada de su Señor.


Una última reflexión: a la espiritualidad del Adviento se contrapone fuertemente el espíritu consumista y derrochador de esta época del año. Nada más contradictorio que el ambiente comercial que se empecina en mantener arraigado en nosotros la idea de que vivir es poseer, consumir, gastar, derrochar, disfrutar; que la alegría Navideña se mide por la capacidad de festejar materialmente hablando.
El Año Litúrgico inicia recordándonos el verdadero valor y sentido de la vida: la vida eterna, y afirmando a partir de ahí todo un estilo de vida: ser otro Cristo, el que vive según el mensaje y la vida de Cristo. De esta manera, cuando el Adviento nos llama a alzar la mirada hacia la eternidad no es para hacernos olvidar la vida de este mundo, ni para restar importancia a sus sufrimientos en vista a una vida mejor en el futuro. Todo lo contrario, el que alza su mirada hacia la eternidad de Dios, aprender a vivir la temporalidad de este mundo desde la justicia y la santidad de Dios, en el espíritu de las Bienaventuranzas.

Cuando el mensaje del Adviento no cala en lo más profundo de la conciencia de los hombres, entonces la Navidad se reduce al sentimentalismo pasajero centrado en un bonito “pichinguito”, que hasta en los machos más machos despierta las más hondas fibras maternales, para derrochar buenos deseos y gestos nada comprometidos ni comprometedores de buena voluntad y de generosidad filantrópica.

Recibimos al Dios-Niño, sí. Pero ignoramos su Palabra. Celebramos su amor, pero  no lo compartimos. Lo festejamos, pero no hacemos de Él nuestra alegría. Por eso es importante que nuestros templos se parezcan lo más posible a los centros comerciales (perdón, “Moles”): con muchas luces y adornos festivos, con grandes árboles navideños y recargados nacimientos tradicionales. Así recordaremos mejor que nuestra fe es también un producto de consumo y utilitario. Y lo mejor de todo,  es algo pasajero. Pronto podremos volver a nuestras propias vidas, a nuestros estilos egocéntricos y materialistas. Al fin, podremos guardar el famoso “pichingo” y continuar nuestras vidas… lejos de él (minúscula). Amén.


¿Este es todo el fruto, el mejor fruto, de nuestra manera de preparar la celebración litúrgica del Adviento?
R.E.A.G.

Aporte Pbro. Rafael Alvarado

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