lunes, 21 de noviembre de 2011

ADVIENTO - NAVIDAD DOS TIEMPOS LITÚRGICOS, UN SOLO MISTERIO: LA PASCUA.


ARQUIDIOCESIS DE TEGUCIGALPA/DECANATO PERIFÉRICO.
PARROQUIA CRISTO REY Y LA SANTA CRUZ.
Col. 21 de Octubre, salida a Valle de Ángeles.

2da etapa.
1era ASAMBLEA LITÚRGICA PARROQUIAL 2011

ADVIENTO - NAVIDAD

DOS TIEMPOS LITÚRGICOS, UN SOLO MISTERIO: LA PASCUA.
1.      Al principio… la Palabra.
*           El núcleo de la predicación apostólica y, por tanto, el primer mensaje de la fe anunciado de los Apóstoles: la Pascua del Señor.
*           A la luz de la Pascua, los primeros cristianos vuelven sus ojos al origen, al principio de todos estos acontecimientos que culminaron con la pasión, muerte y resurrección de Jesús. Y al hacerlo, vuelven, pues su atención hacia el inicio de todo: el misterio de la Encarnación (Jn. 1,1 y 14).
*           De esta manera, desde los primeros siglos de la Iglesia se fue desarrollando rápidamente una intensa reflexión sobre la íntima relación entre la Pascua y la Navidad.
*           Por este mismo camino, los primeros cristianos (sg. IV y V) empiezan a profundizar sobre el misterio de la divinidad y la humanidad de Jesús, que nace (se manifiesta como…) hombre en el pesebre de Belén y resucita (se manifiesta como…) Dios en el sepulcro vacío de Jerusalén.
*           Junto a esta reflexión, se va desarrollando simultáneamente otra: el papel de aquella que siempre estuvo al lado de Jesús: su madre, María.
*           La misma creatividad evangelizadora de las primeras comunidades cristianas que adaptó la fecha pagana de la celebración del solsticio de invierno o fiesta del nacimiento del Sol (25 de Diciembre) como fiesta del nacimiento del Señor, relacionó aquella luz que brilló en el pesebre con el resplandor cegador de la resurrección de Aquel que es presentado (Jn. 1,9) y se presenta a sí mismo como la luz del mundo (Jn. 8, 12, 9,5).
*           Finalmente, por este mismo camino de asimetría se fue concluyendo que así como la Pascua tenía su tiempo de preparación (cuaresma), de igual manera debía tenerlo la Navidad: el Adviento.
           En España: en los años 380-381, en el Concilio de Zaragoza se habla de un tiempo de preparación de 3 semanas previas a la Fiesta de la Epifanía, por tanto a partir del 17 de diciembre. El objetivo  era prepararse para el recibir el sacramento del bautismo (que se recibía en esa fecha del año), tomando distancia de las fiestas paganas licenciosas y depravadas que se celebran en esas fechas. Posteriormente aparece en España un tiempo propiamente de Adviento, pero ahora de 6 semanas.
           En Francia: un sermón que se atribuye a San Hilario de Poitiers (más o menos 367), invita a los fieles a prepararse al Adviento del Señor con tres semanas de prácticas ascéticas y penitenciales, tomando así una postura diferente a las disolutas fiestas paganas del mes de Diciembre. Para el siglo V (años 400) se habla de un tiempo de 6 semanas de preparación a la Navidad, con un marcado espíritu cuaresmal, conocido como la “cuaresma de San Martín”, ya que iniciaba en la fiesta de este santo (San Martín de Tours), el 11 de Noviembre. En este mismo siglo, San Máximo de Turín da a este tiempo de preparación a la Navidad una marcada dimensión de caridad que tiene que influir sobre la vida social: “En preparación a la Navidad del Señor, purifiquemos nuestra conciencia de toda mancha… para que sea santo y glorioso el día en que los peregrinos sean acogidos, las viudas sean alimentadas y los pobres sean vestidos”.
           En Rávena: esta importante ciudad imperial del norte de Italia (puente entre Oriente y Occidente) fue además un importante centro de vida litúrgica. En ella, la preparación a la Navidad se centraba más en la meditación del misterio que en las prácticas penitenciales. Las oraciones del Adviento se refieren precisamente al nacimiento del Señor y su preparación en el antiguo Testamento. Los temas de referencia del Adviento son aquí el misterio del Verbo Encarnado, la colaboración de María, la espera de Isabel y Zacarías, entre otros. Muchos textos de esta tradición se utilizan hoy día en nuestra liturgia del Adviento y son conocidos como el “Rótulo de Rávena”.
           En Roma: el Adviento solo se conoce aquí a partir del siglo VI (años 500), y se atribuye su institución al Papa Siríaco. De las 6 semanas iniciales se pasa a 4 semanas, según la propuesta de San Gregorio Magno. Por influencias de San Columbano y sus monjes, el Adviento toma aquí un acento marcadamente escatológico. El mismo San Gregorio, con ocasión de un espantoso terremoto de la época, contribuyó a resaltar esta dimensión escatológica con un sermón basado en el Lc. 21, 25-33. Es desde entonces que el tema del último juicio marcó definitivamente la celebración del primer Domingo del Adviento.

Si las primeras anotaciones nos ayudaron a comprender cómo antes de pensar en el Adviento, las primeras comunidades cristianas reflexionaron sobre la Navidad, a la luz de la Pascua, éste rápido repaso sobre la evolución histórica del Adviento nos ayuda a entender:
                  Cómo solo al paso de los siglos fue tomando su forma definitiva el actual Tiempo litúrgico llamado Adviento.
                  y esto, como fruto de la interacción entre el teólogo que reflexiona sobre el mensaje de la fe; los pastores (sacerdotes y obispos) que van dándole formas concretas de celebración a esa misma fe; y el mismo pueblo de Dios que va asimilando pero a la vez expresando popularmente esa misma fe.
Esto nos marca a los católicos de hoy un gran reto:

¿Cómo expresar el mensaje de la fe de los Tiempos litúrgicos del Adviento y la Navidad e las circunstancias actuales de nuestro país y nuestra Iglesia, particularmente para los católicos de nuestra parroquia, y en general, para todos sus habitantes?






ADVIENTO DEL “YA, PERO TODAVÍA NO”.
La virtud teologal de la esperanza como sentido pleno de la vida: el reino de Dios.


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Por lo menos tengamos alguna referencia previa sobre lo que el Catecismo de la Iglesia Católica nos dice en torno a la virtud de la esperanza:
1817. La esperanza es la virtud teologal por la que aspiramos al Reino de los cielos y a la vida eterna como felicitar nuestra…

1818. La virtud de la esperanza corresponde al anhelo de felicidad puesto por Dios en el corazón de todo hombre; asume las esperanzas que inspiran las actividades de los hombres; las purifica para ordenarlas al Reino  de los cielos; protege del desaliento; sostiene en todo desfallecimiento; dilata el corazón en la espera de la bienaventuranza eterna.

1821. Podemos, por tanto, esperar la gloria del cielo prometida por Dios a los que le aman (cf Rm 8, 28-30) y hacen su voluntad (cf Mt 7, 21). En toda circunstancia, cada uno debe esperar, con la gracia de Dios, ‘perseverar hasta el fin’ ( cf Mt 10, 22; cf Cc. Trento: DS 1541) y obtener el gozo del cielo, como eterna recompensa de Dios por las obras buenas realizadas con la gracia de Cristo. En la Esperanza, la Iglesia implora que ‘todos los hombres se salven’ (1Tm 2,4).

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¿Cuál es el núcleo, el centro, del mensaje del Adviento como tiempo de preparación a la Navidad?

La presencia real de Cristo en el mundo y su reinado aún no definitivo.

Presencia iniciada más no concluida:
             Presencia que es efectivamente real y salvadora desde la encarnación en el pesebre de Belén, el “ya” de Dios en el mundo: Él ya está realmente entre nosotros. El “Enmanuel” se ha cumplido definitivamente.
             Pero cuya gloria y plena majestad en cuanto Hijo Único del Padre todavía no” se revela plenamente entre los hombres. Será solo cuando ocurra su segunda venida gloriosa que Él se manifestará ante todo el cosmos como Señor y Dios redentor de todo lo creado, el que ha de venir “a juzgar a vivos y muertos y establecer un reino de amor, justicia y paz que no tendrá fin.

Para mejor ilustrar esta teología escatológica, dos fuentes son muy iluminadoras:
Primero, el Catecismo de la Iglesia Católica, que en su comentario sobre el Credo afirma:

1.         El Señorío de Jesucristo:
Cristo murió y volvió a la vida para eso, para ser Señor de muertos y vivos” (Rm 14, 9). La Ascensión de Cristo al Cielo significa su participación, en su humanidad, en el poder y en la autoridad de Dios mismo. Jesucristo es Señor: posee todo poder en los cielos y en la tierra. El está “por encima de todo principado, potestad, virtud, dominación” porque el Padre “bajo sus pies sometió todas las cosas” (Ef 1,20-22). Cristo es el Señor del cosmos (cf. Ef 4, 10; 1Co 15, 24. 27-28)y de la historia. En Él, la historia de la humanidad e incluso toda la Creación encuentran su recapitulación (Ef 1,10), su cumplimiento transcendente.” #668
2.         La presencia real y eficaz de Cristo en la humanidad a través de su cuerpo místico, la Iglesia.
Como Señor, Cristo es también la cabeza de la Iglesia que es su Cuerpo (cf. Ef 1,22). Elevado al cielo y glorificado, habiendo cumplido así su misión, permanece en la tierra en su Iglesia. La Redención es la fuente de la autoridad que Cristo, en virtud del Espíritu Santo, ejerce sobre la Iglesia (cf. Ef 4, 11-13). “La Iglesia, o el reino de Cristo presente ya en misterio”, “constituye el comienzo de este Reino en la tierra” (LG 3;5).” #669

La Iglesia es el reino de Cristo presente misteriosa y realmente en este mundo. La Iglesia es, pues, el germen y el comienzo del reino de Cristo en la tierra (LG 3;5)
3.         La salvación en esperanza.
El Reino de Cristo, presente ya en su Iglesia, sin embargo, no está todavía acabado” con gran poder y gloria” (Lc 21, 27; cf. Mt 25, 31) con el advenimiento del Rey a la tierra. Este Reino aún es objeto de los ataques de los poderes del mal (cf. 2 Te 2, 7) a pesar de que estos poderes hayan sido vencidos en su raíz por la Pascua de Cristo. Hasta que todo le haya sido sometido (cf. 1 Co 15,28), y “mientras no haya nuevos cielos y nueva tierra, en los que habite la justicia, la Iglesia peregrina lleva en sus sacramentos e instituciones, que pertenecen a este tiempo, la imagen de este mundo que pasa. Ella misma vive entre las criaturas que gimen en dolores de parto hasta ahora y que esperan la manifestación de los hijos de Dios” (LG 48). Por esta razón los cristianos piden, sobre todo en la Eucaristía (cf. 1Co. 11, 26) que se apresure el retorno de Cristo (cf. 2 P 3, 11-12) cuando suplican: “Ven, Señor Jesús” (cf.1 Co 16, 22; Ap 22, 17-20).” #671
Cristo afirmó antes de su Ascensión que aún no era la hora del establecimiento glorioso del Reino mesiánico esperado por Israel (cf. Hch 1, 6-7) que, según los profetas (cf. Is 11, 1-9), debía traer a todos los hombres el orden definitivo de la justicia, del amor y de la paz. El tiempo presente, según el Señor, es el tiempo del Espíritu y del testimonio (cf. Hch 1, 8), pero es también un tiempo marcado todavía por la “tristeza” (1, Co. 7, 26) y la prueba del mal (cf. Ef 5, 16) que afecta también a la Iglesia (cf. 1 P 4, 17) e inaugura los combates de los últimos días (1 Jn 2, 18; 4, 3; 1 Tm 4, 1). Es un tiempo de espera y de vigilia (cf. Mt. 25, 1-13; Mc 13, 33-37).” # 672
4.          La eminente venida del Señor.
Desde la Ascensión, el Advenimiento de Cristo en la gloria es inminente (cf Ap 22, 20) aun cuando a nosotros no nos “toca conocer el tiempo y el momento que ha fijado el Padre con su autoridad” (Hch 1,7; cf. Mc 13, 32). Este advenimiento escatológico se puede cumplir en cualquier momento (cf. Mt 24, 44: 1 Te 5, 2), aunque tal acontecimiento y la prueba final que le ha de preceder estén “retenidos” en las manos de Dios (cf. 2 Te 2, 3-12).” #673
5.             En Conclusión.
Cristo es Señor de la vida eterna. El pleno derecho de juzgar definitivamente las obras y los corazones de los hombres pertenece a Cristo como Redentor del mundo. “Adquirió” este derecho por su Cruz. El Padre también ha entregado “todo juicio al Hijo” (Jn 5, 22, cf. Jn 5, 27; Mt 25, 31; Hch 10 42; 17, 31; 2Tm 4, 1). Pues bien, el Hijo no ha venido para juzgar sino para salvar (cf. Jn 3, 17) y para dar la vida que hay en él (cf. Jn 5, 26). Es por el rechazo de la gracia en esta vida por lo que cada uno se juzga ya a sí mismo (cf. Jn 3, 18; 12, 48); es retribuido según sus obras (cf. 1 Co 3, 12-15) y puede incluso condenarse eternamente al rechazar el Espíritu de amor (cf. Mt 12, 32; Hb 6, 4-6; 10, 26-31).” #679

El Segundo texto a citar es una antigua reflexión del entonces Cardenal Joseph Ratzinger sobre el Adviento:
«     El Adviento y la Navidad han experimentado un incremento de su aspecto externo y festivo profano tal que en el seno de la Iglesia surge de la fe misma una aspiración a un Adviento auténtico: la insuficiencia de ese ánimo festivo por sí sólo se deja sentir, y el objetivo de nuestras aspiraciones es el núcleo del acontecimiento, ese alimento del espíritu fuerte y consistente del que nos queda un reflejo en las palabras piadosas con que nos felicitamos las pascuas. ¿Cuál es ese núcleo de la vivencia del Adviento?
Podemos tomar como punto de partida la palabra ~Adviento~; este término no significa ~espera~, como podría suponerse, sino que es la traducción de la palabra griega parusía, que significa ~presencia~, o mejor dicho, ~llegada~, es decir, presencia comenzada. En la antigüedad se usaba para designar la presencia de un rey o señor, o también del dios al que se rinde culto y que regala a sus fieles el tiempo de su parusía. Es decir, que el Adviento significa la presencia comenzada de Dios mismo. Por eso nos recuerda dos cosas:
           Primero, que la presencia de Dios en el mundo ya ha comenzado, y que él ya está presente de una manera oculta (pero real y eficaz. Nota P. Rafael);
           Segundo lugar, que esa presencia de Dios acaba de comenzar, aún no es total, sino que esta proceso de crecimiento y maduración. Su presencia ya ha comenzado, y somos nosotros, los creyentes, quienes, por su voluntad, hemos de hacerlo presente en el mundo. Es por medio de nuestra fe, esperanza y amor como él quiere hacer brillar la luz continuamente en la noche del mundo. La luz de Cristo quiere iluminar la noche del mundo a través de la luz que somos nosotros; su presencia ya iniciada ha de seguir creciendo por medio de nosotros.

Vistas las enseñanzas del Catecismos de la Iglesia Católica y del Cardenal Ratzinger, concluyamos nuestras reflexiones:
         Si el núcleo central de Adviento, como Tiempo litúrgico que prepara la Navidad, es la celebración de la presencia real y eficaz de Cristo entre los hombres, en sus dos dimensiones escatológicas del “ya, pero todavía no”.
         El camino que nos propone la Iglesia para celebrar la presencia real de Cristo en el mundo y la llegada de su reino definitivo en su segunda venida gloriosa es la esperanza.

En conclusión:

Una auténtica pastoral litúrgica del Adviento debe promover y provocar en el pueblo de Dios una fe fuerte y dinámica en la presencia real pero aún no total de Cristo entre nosotros (su reino aún no es definitivo en este mundo). Por tanto:
1)        Ayuda a recordar que la vida se vive en clave de esperanza.
2)        Que la esperanza es un estilo de vida: vivimos no según los criterios y valores “de este mundo pasajero”, sino los criterios y valores de Aquel que vive entre nosotros y cuyo reino definitivo preparamos en la fe y el amor.
3)        Que este estilo de vida tiene en el Adviento sus propias características:
1.              La sobriedad y el anhelo de quien no se siente pleno hasta el retorno de su Señor.
2.             La alegría, el gozo, de quien prepara y se prepara para alcanzar su esperanza.
3.             El desprendimiento solidario frente a estos efímeros bienes materiales, de los que es necesario valerse para alcanzar una vida digna, más no vale la pena entregarles el corazón.
4.             Finalmente, la oración y la conversión como las mejores maneras de prepararse interiormente, en la escucha de su Palabra y la vida sacramental, a la llegada de su Señor.


Una última reflexión: a la espiritualidad del Adviento se contrapone fuertemente el espíritu consumista y derrochador de esta época del año. Nada más contradictorio que el ambiente comercial que se empecina en mantener arraigado en nosotros la idea de que vivir es poseer, consumir, gastar, derrochar, disfrutar; que la alegría Navideña se mide por la capacidad de festejar materialmente hablando.
El Año Litúrgico inicia recordándonos el verdadero valor y sentido de la vida: la vida eterna, y afirmando a partir de ahí todo un estilo de vida: ser otro Cristo, el que vive según el mensaje y la vida de Cristo. De esta manera, cuando el Adviento nos llama a alzar la mirada hacia la eternidad no es para hacernos olvidar la vida de este mundo, ni para restar importancia a sus sufrimientos en vista a una vida mejor en el futuro. Todo lo contrario, el que alza su mirada hacia la eternidad de Dios, aprender a vivir la temporalidad de este mundo desde la justicia y la santidad de Dios, en el espíritu de las Bienaventuranzas.

Cuando el mensaje del Adviento no cala en lo más profundo de la conciencia de los hombres, entonces la Navidad se reduce al sentimentalismo pasajero centrado en un bonito “pichinguito”, que hasta en los machos más machos despierta las más hondas fibras maternales, para derrochar buenos deseos y gestos nada comprometidos ni comprometedores de buena voluntad y de generosidad filantrópica.

Recibimos al Dios-Niño, sí. Pero ignoramos su Palabra. Celebramos su amor, pero  no lo compartimos. Lo festejamos, pero no hacemos de Él nuestra alegría. Por eso es importante que nuestros templos se parezcan lo más posible a los centros comerciales (perdón, “Moles”): con muchas luces y adornos festivos, con grandes árboles navideños y recargados nacimientos tradicionales. Así recordaremos mejor que nuestra fe es también un producto de consumo y utilitario. Y lo mejor de todo,  es algo pasajero. Pronto podremos volver a nuestras propias vidas, a nuestros estilos egocéntricos y materialistas. Al fin, podremos guardar el famoso “pichingo” y continuar nuestras vidas… lejos de él (minúscula). Amén.


¿Este es todo el fruto, el mejor fruto, de nuestra manera de preparar la celebración litúrgica del Adviento?
R.E.A.G.

Aporte Pbro. Rafael Alvarado
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