viernes, 22 de abril de 2011

descarga reflexiones del triduo

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“Alégrense por fin los coros de los ángeles, alégrense las jerarquías del cielo, y por la victoria de rey tan poderoso que las trompetas anuncien la salvación. Goce también la tierra, inundada de tanta claridad, y que, radiante con el fulgor del rey eterno, se sienta libre de la tiniebla que cubría el orbe entero. Alégrese también nuestra madre la Iglesia, revestida de luz tan brillante; resuene este templo con las aclamaciones del pueblo.
Por eso, queridos hermanos, que asistís a la admirable claridad de esta luz santa, invocad conmigo la misericordia de Dios omnipotente, para que aquel que, sin mérito mío, me agregó al número de sus ministros, infundiendo el resplandor de su luz, me ayude a cantar las alabanzas de este cirio.

El Señor esté con vosotros. Y con tu espíritu.
Levantemos el corazón. Lo tenemos levantado hacia el Señor.
Demos gracias al Señor, nuestro Dios. Es justo y necesario.
  En verdad es justo y necesario aclamar con nuestras voces y con todo el afecto del corazón a Dios invisible, el Padre todopoderoso, y a su único Hijo, nuestro Señor Jesucristo. Porque él ha pagado por nosotros al eterno Padre la deuda de Adán y, derramando su sangre, canceló el recibo del antiguo pecado. Porque éstas son las fiestas de Pascua en las que se inmola el verdadero Cordero, cuya sangre consagra las puertas de los fieles. Esta es la noche en que sacaste de Egipto, a los israelitas, nuestros padres, y los hiciste pasar a pie el mar Rojo.
Esta es la noche en que la columna de fuego esclareció las tinieblas del pecado. Esta es la noche en la que, por toda la tierra, los que confiesan su fe en Cristo son arrancados de los vicios del mundo y de la oscuridad del pecado, son restituidos a la gracia y son agregados a los santos. Esta es la noche en que, rotas las cadenas de la muerte, Cristo asciende victorioso del abismo. ¿De qué nos serviría haber nacido si no hubiéramos sido rescatados? ¡Qué asombroso beneficio de tu amor por nosotros! ¡Qué incomparable ternura y caridad! ¡Para rescatar al esclavo, entregaste al Hijo!

Necesario fue el pecado de Adán, que ha sido borrado por la muerte de Cristo. ¡Feliz la culpa que mereció tal Redentor! ¡Qué noche tan dichosa! Sólo ella conoció el momento en que Cristo resucitó de entre los muertos. Esta es la noche de que estaba escrito: «Será la noche clara como el día, la noche iluminada por mi gozo.» Y así, esta noche santa ahuyenta los pecados, lava las culpas, devuelve la inocencia a los caídos, la alegría a los tristes, expulsa el odio, trae la concordia, doblega a los poderosos.

En esta noche de gracia, acepta, Padre Santo, el sacrificio vespertino de esta llama, que la santa Iglesia te ofrece en la solemne ofrenda de este cirio, obra de las abejas. Sabemos ya lo que anuncia esta columna de fuego, ardiendo en llama viva para gloria de Dios. Y aunque distribuye su luz, no mengua al repartirla, porque se alimenta de esta cera fundida, que elaboró la abeja fecunda para hacer esta lámpara preciosa. ¡Qué noche tan dichosa en que se une el cielo con la tierra, lo humano y lo divino! Te rogamos, Señor, que este cirio, consagrado a tu nombre, arda sin apagarse para destruir la oscuridad de esta noche, y, como ofrenda agradable, se asocie a las lumbreras del cielo. Que el lucero matinal lo encuentre ardiendo, ese lucero que no conoce ocaso y es Cristo, tu Hijo resucitado, que, al salir del sepulcro, brilla sereno para el linaje humano y vive y reina glorioso por los siglos de los siglos. Amén”

martes, 12 de abril de 2011

Seguir Beatificacion de Juan pablo II

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jueves, 7 de abril de 2011

Jesús: la respuesta de Dios al ser humano

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Dios no cesa de responder, y lo hace cada vez con mayor misericordia y sobreabundancia. Ha querido responder a nuestra espera en la historia y por medio de la historia.
Dios envió a su Hijo: esta es la respuesta de Dios a la espera del hombre.
Es importante que confrontemos la idea que tenemos de la fe, con este anuncio, sencillo y radical al mismo tiempo. Radical porque si Dios ha enviado su Hijo, entonces mi sed de llegar a una meta puede encontrar quién la sacie. Sencillo porque se trata simplemente de encontrar, o mejor, de ser encontrado por Aquel que Dios ha enviado: el Hijo de Dios ha sido enviado por el Padre para salir a mi encuentro.

Enviando a su Hijo, Dios ha querido responder personalmente a nuestra espera. El Hijo no es un simple enviado, no es un mero profeta. El Hijo es, como recitamos en el credo cada domingo, «Dios de Dios, Luz de Luz, Dios verdadero de Dios verdadero, engendrado, no creado, de la misma naturaleza del Padre». Esto significa que el Hijo puede responder a nuestra espera: Él sale al encuentro de nuestro corazón que desea todo. A la sed del hombre podía responder sólo Dios, y lo ha hecho personalmente. San Juan de la Cruz intuyó esta sobreabundancia de la respuesta de Dios a nuestra sed con gran claridad: «Porque en darnos, como nos dio a su Hijo, que es una Palabra suya, que no tiene otra, todo nos lo habló junto y de una vez en esta sola Palabra, y no tiene más que hablar; porque lo que hablaba antes en partes a los profetas ya lo ha hablado en el todo, dándonos al Todo, que es su Hijo. Por lo cual, el que ahora quisiese preguntar a Dios, o querer alguna visión o revelación, no sólo haría una necedad, sino haría agravio a Dios, no poniendo los ojos totalmente en Cristo, sin querer otra alguna cosa o novedad» (Subida al monte Carmelo 2,22,3-5).
Pero Dios no sólo ha querido responder personalmente a la sed del hombre. Ha querido responderle humanamente. Y así, en el credo, tras haber confesado que el Hijo es Dios, continuamos nuestra profesión de fe afirmando: «que por nosotros los hombres, y por nuestra salvación bajó del cielo, y por obra del Espíritu Santo se encarnó de María la Virgen, y se hizo hombre». El Hijo de Dios se ha hecho hombre para responder humanamente a nuestra sed, para establecer un diálogo con la humanidad, pues en Jesucristo «Dios invisible habla a los hombres como amigos, movido por su gran amor y mora con ellos, para invitarlos a la comunicación consigo y recibirlos en su compañía» (Dei verbum 2).
Dios nos ha respondido enviando a su Hijo. Un Hijo al que podemos llamar con su nombre propio: Jesús. Así que no queramos otro camino, aunque estemos muy arraigados en otro; por aquí vamos seguros.

Una intuición abre un camino

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-El ser humano ha sido creado para lo grande, para el infinito.

-Él piensa este infinito y lo hace suyo y emprende un camino para llegar a él.

-El deseo para empezar a andar este camino está inscrito en la experiencia misma que el ser humano realiza de la vida.

-A esta experiencia le hemos conocido como plenitud, felicidad, realización. Nosotros le llamamos santidad y la anhelamos.

-El deseo de santidad cuando se constituye y afianza en el corazón del ser humano se convierte en súplica.

¿Será una simple intuición?

¿Has tenido alguna vez la experiencia de sentarte en la cumbre de una montaña o frente al mar y pensar en lo infinito… Observar el horizonte y preguntarte, qué nos mueve, porqué estamos aquí?

Hay circunstancias que abren de par en par el corazón y nos hace cuestionarnos ¿Para qué hemos sido creados?

Estas situaciones abren nuestro corazón, en el sentido de que nos descubre y nos abren a la "capacidad de lo infinito".

Hay circunstancias que nos permiten descubrir quiénes somos VERDADERAMENTE, que rompen todas las imágenes reducidas de nuestro ser “hombres”, y que nos dicen que nada nos basta. Son circunstancias o experiencias que describen la verdadera naturaleza y estatura de la vida, de nuestro “ser humano”. Son circunstancias que, ante todo, no dicen "lo que nos falta", sino que hacen presente la intuición de lo eterno para lo que estamos hechos. Uno "piensa en lo infinito" porque la realidad que tiene delante le abre de par en par, le dice que hay algo más y que debe durar para siempre.

Este pensamiento, esta intuición de que hay “algo más” por alcanzar, nos levantará y motivará a iniciar una aventura a la que todos estamos llamados, un viaje hacia un horizonte, uno que va más allá del que podemos observar en un atardecer.

El inicio de una aventura

Una pregunta, una intuición abre un camino. La persona, que piensa en lo infinito, se pone en marcha en una gran aventura. La “intuición” de lo infinito es el motor de la vida, la razón por la que el hombre y la mujer; ama y trabaja. En la experiencia que hace de su propia vida, se percibe que hay un horizonte al que debemos llegar.

Y ¿Dónde descubrimos que hay un camino a seguir? en el amor, en la percepción de la belleza, en la pasión por la propia libertad, en alzar la voz ante la injusticia, en el misterio del sufrimiento y del dolor, en reconocer nuestros errores, en la búsqueda apasionada de la verdad, en el gozo del bien, claro, en la plenitud de nuestra vida.

Todos los seres humanos, independientemente de su edad, cultura, valores; experimentan este deseo de conocer cuál es el horizonte, que coincide con la verdad más "evidente" de la vida. No podemos negarlo, “somos este deseo”, nuestro ser más auténtico es "pensar en lo infinito". Y este deseo coincide con la vida. ¡No es algo que surge en el corazón cuando vemos un atardecer! Es simple y llanamente "la vida".

El camino tiene una meta.

Ya hemos podido reconocer que: hemos iniciado un camino, algo nos ha movido a recorrerlo, y que este camino tiene una meta; pero ¿cuál será esta meta? Muchas veces en nuestra búsqueda de lo infinito, hemos concretizado nuestro horizonte en una experiencia, ¿Cómo cuál? Puede ser el (la) novio (a), la carrera profesional, el éxito económico, la pasión por el poder. ¡Cuántas veces hemos identificado nuestro fin último en algo tan concreto! Y ¿Cuál ha sido el resultado? En algunas oportunidades: la desilusión.

En nuestra búsqueda del horizonte ha llegado un momento en el que nos hemos detenido y hemos creído poder identificarlo con algo a nuestra medida y hasta podría pasar por nuestra mente, por nuestra debilidad humana, que debemos detenernos; pero no es así. Esto, porque hay un horizonte claro para todo ser humano y hay una forma de como llegar a él, todos hemos sido llamados a recorrer el camino de la vida, que culmina en lo que hemos llamado hasta ahora : lo infinito, la salvación.

Claro está, que hemos sido impulsados a iniciar este camino, pero ¿Cómo será nuestro paso en él? En nuestro interior hay un deseo de avanzar de la mejor manera posible, para alcanzar la meta y ser de esta manera felices. Pues bien, Dios quiere que seamos felices: “El hombre puede ser santo, como Él es Santo” (Levítico 19,2) y la voluntad de Dios es nuestra salvación (1Tes 4,3)

Por ello, anhelar la santidad es desear la plenitud de la vida, es andar en este camino hacia el horizonte de la mejor manera; no es una dimensión de la vida, sino la vida con todas sus letras. El deseo de santidad es el hilo conductor que da unidad a cada instante, a cada situación a cada circunstancia de nuestra vida. Es la cadena que permite intuir la unidad que existe entre el amor de nuestros padres y el deseo de construir, entre la rabia ante la injusticia y la compasión ante el dolor, entre el perdonar y amar. Sin la unidad que engendra este deseo de santidad, la vida sería una simple retahíla de hechos y sucesos, una acumulación de experimentos, de tanteos, incapaz de edificarnos como personas.

El mismo Catecismo de la Iglesia Católica nos habla en este sentido: "Todos los fieles son llamados a la plenitud de la vida cristiana" (Cat 2028). "Todos los cristianos, de cualquier estado o condición están llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad" (Cat 825). Así que está claro que podemos ser santos. Dios lo quiere ¿y nosotros?

La duda a medio camino…

Ante la pregunta, anterior, ¿Queremos ser santos?, podríamos continuar con muchas más preguntas, como por ejemplo ¿Queremos ser felices?, ¿Anhelamos llegar al horizonte? , ¿Cuántas interrogantes podemos hacernos a medio camino? Incluso podríamos abatirnos tanto, que hasta podríamos hacer un alto o hasta sentirnos vencidos pero, si darse por vencido es abandonar la aventura de la vida, ¿Qué hacer? ¿Cómo puede el ser humano perseverar en el camino hacia el horizonte? ¿Cómo puede no detenerse en respuestas insuficientes?

La vida es este deseo y, sin embargo, todos nuestros intentos por satisfacerlo parecen vanos. Nuestros intentos, no la posibilidad del cumplimiento.

En efecto nuestro horizonte sería vano, sería absurdo, si estuviese destinado a quedar eternamente insatisfecho. Pero esto no quiere decir que seamos nosotros los que lo satisfacemos. Somos "capaces" de ser satisfechos, no de satisfacernos a nosotros mismos. Esto porque el ser humano no puede ser salvado por sí solo. Y cuando el hombre reconoce que desea ser santo y anhela llegar al horizonte con todo su corazón, su nostalgia, su anhelo, son abrazados por su libertad y se convierten en súplica. Y en esta súplica el hombre adquiere su verdadera estatura: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3).

Así que adelante, ánimo en la apasionante aventura de buscar el horizonte, de conocer su rostro. Se trata de una aventura en la que todos estamos implicados. Una aventura a la que nos hemos lanzado cuando iniciamos este camino, el camino de la vida.

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