jueves, 7 de abril de 2011

Una intuición abre un camino

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-El ser humano ha sido creado para lo grande, para el infinito.

-Él piensa este infinito y lo hace suyo y emprende un camino para llegar a él.

-El deseo para empezar a andar este camino está inscrito en la experiencia misma que el ser humano realiza de la vida.

-A esta experiencia le hemos conocido como plenitud, felicidad, realización. Nosotros le llamamos santidad y la anhelamos.

-El deseo de santidad cuando se constituye y afianza en el corazón del ser humano se convierte en súplica.

¿Será una simple intuición?

¿Has tenido alguna vez la experiencia de sentarte en la cumbre de una montaña o frente al mar y pensar en lo infinito… Observar el horizonte y preguntarte, qué nos mueve, porqué estamos aquí?

Hay circunstancias que abren de par en par el corazón y nos hace cuestionarnos ¿Para qué hemos sido creados?

Estas situaciones abren nuestro corazón, en el sentido de que nos descubre y nos abren a la "capacidad de lo infinito".

Hay circunstancias que nos permiten descubrir quiénes somos VERDADERAMENTE, que rompen todas las imágenes reducidas de nuestro ser “hombres”, y que nos dicen que nada nos basta. Son circunstancias o experiencias que describen la verdadera naturaleza y estatura de la vida, de nuestro “ser humano”. Son circunstancias que, ante todo, no dicen "lo que nos falta", sino que hacen presente la intuición de lo eterno para lo que estamos hechos. Uno "piensa en lo infinito" porque la realidad que tiene delante le abre de par en par, le dice que hay algo más y que debe durar para siempre.

Este pensamiento, esta intuición de que hay “algo más” por alcanzar, nos levantará y motivará a iniciar una aventura a la que todos estamos llamados, un viaje hacia un horizonte, uno que va más allá del que podemos observar en un atardecer.

El inicio de una aventura

Una pregunta, una intuición abre un camino. La persona, que piensa en lo infinito, se pone en marcha en una gran aventura. La “intuición” de lo infinito es el motor de la vida, la razón por la que el hombre y la mujer; ama y trabaja. En la experiencia que hace de su propia vida, se percibe que hay un horizonte al que debemos llegar.

Y ¿Dónde descubrimos que hay un camino a seguir? en el amor, en la percepción de la belleza, en la pasión por la propia libertad, en alzar la voz ante la injusticia, en el misterio del sufrimiento y del dolor, en reconocer nuestros errores, en la búsqueda apasionada de la verdad, en el gozo del bien, claro, en la plenitud de nuestra vida.

Todos los seres humanos, independientemente de su edad, cultura, valores; experimentan este deseo de conocer cuál es el horizonte, que coincide con la verdad más "evidente" de la vida. No podemos negarlo, “somos este deseo”, nuestro ser más auténtico es "pensar en lo infinito". Y este deseo coincide con la vida. ¡No es algo que surge en el corazón cuando vemos un atardecer! Es simple y llanamente "la vida".

El camino tiene una meta.

Ya hemos podido reconocer que: hemos iniciado un camino, algo nos ha movido a recorrerlo, y que este camino tiene una meta; pero ¿cuál será esta meta? Muchas veces en nuestra búsqueda de lo infinito, hemos concretizado nuestro horizonte en una experiencia, ¿Cómo cuál? Puede ser el (la) novio (a), la carrera profesional, el éxito económico, la pasión por el poder. ¡Cuántas veces hemos identificado nuestro fin último en algo tan concreto! Y ¿Cuál ha sido el resultado? En algunas oportunidades: la desilusión.

En nuestra búsqueda del horizonte ha llegado un momento en el que nos hemos detenido y hemos creído poder identificarlo con algo a nuestra medida y hasta podría pasar por nuestra mente, por nuestra debilidad humana, que debemos detenernos; pero no es así. Esto, porque hay un horizonte claro para todo ser humano y hay una forma de como llegar a él, todos hemos sido llamados a recorrer el camino de la vida, que culmina en lo que hemos llamado hasta ahora : lo infinito, la salvación.

Claro está, que hemos sido impulsados a iniciar este camino, pero ¿Cómo será nuestro paso en él? En nuestro interior hay un deseo de avanzar de la mejor manera posible, para alcanzar la meta y ser de esta manera felices. Pues bien, Dios quiere que seamos felices: “El hombre puede ser santo, como Él es Santo” (Levítico 19,2) y la voluntad de Dios es nuestra salvación (1Tes 4,3)

Por ello, anhelar la santidad es desear la plenitud de la vida, es andar en este camino hacia el horizonte de la mejor manera; no es una dimensión de la vida, sino la vida con todas sus letras. El deseo de santidad es el hilo conductor que da unidad a cada instante, a cada situación a cada circunstancia de nuestra vida. Es la cadena que permite intuir la unidad que existe entre el amor de nuestros padres y el deseo de construir, entre la rabia ante la injusticia y la compasión ante el dolor, entre el perdonar y amar. Sin la unidad que engendra este deseo de santidad, la vida sería una simple retahíla de hechos y sucesos, una acumulación de experimentos, de tanteos, incapaz de edificarnos como personas.

El mismo Catecismo de la Iglesia Católica nos habla en este sentido: "Todos los fieles son llamados a la plenitud de la vida cristiana" (Cat 2028). "Todos los cristianos, de cualquier estado o condición están llamados cada uno por su propio camino, a la perfección de la santidad" (Cat 825). Así que está claro que podemos ser santos. Dios lo quiere ¿y nosotros?

La duda a medio camino…

Ante la pregunta, anterior, ¿Queremos ser santos?, podríamos continuar con muchas más preguntas, como por ejemplo ¿Queremos ser felices?, ¿Anhelamos llegar al horizonte? , ¿Cuántas interrogantes podemos hacernos a medio camino? Incluso podríamos abatirnos tanto, que hasta podríamos hacer un alto o hasta sentirnos vencidos pero, si darse por vencido es abandonar la aventura de la vida, ¿Qué hacer? ¿Cómo puede el ser humano perseverar en el camino hacia el horizonte? ¿Cómo puede no detenerse en respuestas insuficientes?

La vida es este deseo y, sin embargo, todos nuestros intentos por satisfacerlo parecen vanos. Nuestros intentos, no la posibilidad del cumplimiento.

En efecto nuestro horizonte sería vano, sería absurdo, si estuviese destinado a quedar eternamente insatisfecho. Pero esto no quiere decir que seamos nosotros los que lo satisfacemos. Somos "capaces" de ser satisfechos, no de satisfacernos a nosotros mismos. Esto porque el ser humano no puede ser salvado por sí solo. Y cuando el hombre reconoce que desea ser santo y anhela llegar al horizonte con todo su corazón, su nostalgia, su anhelo, son abrazados por su libertad y se convierten en súplica. Y en esta súplica el hombre adquiere su verdadera estatura: «Bienaventurados los pobres de espíritu, porque de ellos es el reino de los cielos» (Mt 5, 3).

Así que adelante, ánimo en la apasionante aventura de buscar el horizonte, de conocer su rostro. Se trata de una aventura en la que todos estamos implicados. Una aventura a la que nos hemos lanzado cuando iniciamos este camino, el camino de la vida.
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