Ser anti-influencer de Dios, desde la espiritualidad franciscana, es una invitación radical a la subversión del ego. No es una moda ni una estrategia alternativa de visibilidad: es una forma de conversión.
Vivimos en una cultura que nos empuja a monetizar la identidad, a medir el valor personal en likes, seguidores y alcance. Frente a esto, la propuesta de Francisco de Asís es provocadora: minoridad, el deseo de ser el último, el pequeño, el que no ocupa el centro del algoritmo.
Este es el verdadero camino a la santidad que el mundo digital no entiende.
1. Del “Yo” al “Nosotros”… y al “Él”
El influencer vive de su marca personal.
El franciscano vive de la desapropiación.
Ser anti-influencer no significa esconder el Evangelio, sino esconder el ego. No buscamos que la luz rebote en nosotros, sino que nos atraviese.
San Francisco lo decía con crudeza espiritual:
“No te gloríes de lo que puede hacer un pecador.”
Si hay algo bueno en nuestra vida, el crédito no es nuestro. Es del Altísimo, Omnipotente y Buen Señor.
2. La mística del anonimato
El algoritmo premia el ruido constante.
El Evangelio premia el silencio fecundo.
Jesucristo se retiraba al monte.
Francisco buscaba las cuevas de La Verna.
El anti-influencer de Dios entiende que los frutos más profundos no se publican. Nacen en el encuentro real: con el pobre, el enfermo, el descartado, el “leproso” de hoy. Allí donde no hay cámaras, pero sí cruz.
3. La belleza de lo inacabado y lo pobre
Mientras el influencer busca la imagen perfecta, el filtro correcto y el encuadre impecable, el camino franciscano abraza la imperfección.
Dios se manifiesta:
en lo roto,
en el hermano difícil,
en la perfecta alegría que aparece cuando todo sale mal.
El anti-influencer no vende una vida idealizada. Comparte una vida real: vulnerable, frágil, humana… y por eso redimida.
4. Predicar sin “captions”
San Francisco exhortaba a predicar el Evangelio y, si era necesario, usar palabras.
El anti-influencer de Dios no busca visualizaciones, sino encarnación.
No produce contenido: produce comunión.
Su testimonio no se agenda ni se edita. Es una manera de caminar por el mundo:
sin nada propio,
en sencillez,
en paz con la creación.
Una advertencia necesaria
No es casual que hoy veamos sacerdotes y laicos que comenzaron evangelizando y terminaron agotados, vacíos o alejados de su vocación, aplastados por el peso de la autoimagen, la exposición constante y la necesidad de aprobación digital.
Cuando el “personaje” crece más que la vida interior, el alma se asfixia.
Cuando la misión se vuelve escenario, el corazón se pierde.
El franciscanismo —y el Evangelio— nos recuerdan que la vocación no se sostiene con aplausos, sino con oración, humildad y fraternidad real.
Conclusión
Caminar como anti-influencer franciscano es comprender que la verdadera influencia no se mide en seguidores, sino en hermandad.
No se trata de cuánta gente te mira a ti,
sino de a cuántas personas puedes mirar a los ojos
para recordarles que son amadas por Dios
—sin pedir nada a cambio—
ni siquiera un clic.

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