Ir al contenido principal

TRES HOMBRES, UNA LLAMADA: CUANDO LA IGLESIA ORDENA SERVIDORES

Una aproximación teológica al significado del diaconado permanente

El próximo 10 de agosto, la Arquidiócesis de Tegucigalpa celebrará la ordenación diaconal de José Francisco Guillin Carbajal, Luis Fernando Murillo Matute y Jaime Humberto Ponce Hernández. El acontecimiento constituye una expresión significativa de la vida de la Iglesia particular y, al mismo tiempo, ofrece una oportunidad para profundizar en el significado del diaconado permanente y en la misión que este ministerio está llamado a desempeñar en medio del Pueblo de Dios.

Una ordenación diaconal no constituye únicamente la incorporación de nuevos colaboradores a las tareas pastorales de una comunidad. Se trata de un acontecimiento sacramental mediante el cual la Iglesia confiere un grado del sacramento del Orden y configura al ministro ordenado para el servicio de Cristo y de su Iglesia.

Comprender el diaconado exige, por tanto, superar una visión meramente funcional. El diácono no es simplemente quien «ayuda» al sacerdote en determinadas celebraciones ni quien desempeña determinadas tareas pastorales. Su identidad nace de una configuración sacramental con Cristo Siervo y encuentra en el servicio la clave fundamental para comprender su ministerio.


1. El origen del servicio en la Iglesia

La tradición de la Iglesia ha relacionado los orígenes del ministerio diaconal con el relato de los Hechos de los Apóstoles, cuando la comunidad cristiana, al experimentar un crecimiento significativo, comienza a enfrentar nuevas necesidades.

Los Apóstoles reconocen la necesidad de garantizar tanto el anuncio de la Palabra como la atención de las necesidades concretas de la comunidad:

«No es justo que nosotros abandonemos la Palabra de Dios por servir a las mesas» (Hch 6,2).

La comunidad elige entonces a siete hombres reconocidos por sus cualidades humanas y espirituales para asumir una responsabilidad concreta de servicio.

Aunque la exégesis distingue entre este episodio y la posterior configuración histórica del ministerio diaconal, la tradición cristiana ha visto en los Hechos de los Apóstoles una referencia fundamental para comprender la naturaleza servicial del diaconado.

La imagen resulta particularmente significativa: el ministerio surge en el contexto de una comunidad que necesita organizarse para que nadie quede desatendido.

Desde sus primeros pasos, la Iglesia comprende que anunciar el Evangelio y atender las necesidades humanas no son realidades contrapuestas.

La misión evangelizadora posee necesariamente una dimensión de servicio.

2. Cristo Siervo: fundamento del ministerio diaconal

La identidad del diácono encuentra su fundamento último en Jesucristo.

El Evangelio presenta a Cristo como aquel que redefine radicalmente el concepto de autoridad:

«El Hijo del hombre no ha venido a ser servido, sino a servir y a dar su vida como rescate por muchos» (Mt 20,28).

Esta afirmación constituye una de las claves cristológicas para comprender el ministerio ordenado.

En Cristo, autoridad y servicio no se excluyen. Por el contrario, la autoridad cristiana alcanza su verdadera expresión precisamente cuando se convierte en servicio.

Esta realidad alcanza una particular profundidad en el relato del lavatorio de los pies. Jesús, durante la Última Cena, se levanta de la mesa, toma una toalla y lava los pies de sus discípulos (cf. Jn 13,1-15).

El gesto posee un profundo contenido teológico.

El Maestro se hace servidor.

El Señor se arrodilla.

Aquel que tiene autoridad realiza el trabajo propio del servidor.

Y, posteriormente, interpreta su acción como un ejemplo que debe ser asumido por sus discípulos.

Por esta razón, la figura de Cristo Siervo no constituye simplemente una imagen espiritual del diaconado. Es el fundamento de su identidad.

El diácono está llamado a hacer presente sacramentalmente, en medio de la comunidad cristiana, la dimensión servicial de Cristo.

3. El diaconado como ministerio sacramental

Las Normas para el Diaconado Permanente en Honduras, en su Artículo 1, sitúan el diaconado permanente dentro del ministerio ordenado de la Iglesia y establecen el marco fundamental desde el cual debe comprenderse esta vocación y su formación.

Esta perspectiva permite distinguir el ministerio diaconal de cualquier forma de voluntariado o servicio meramente organizativo.

El servicio cristiano es una realidad común a todos los bautizados. Todo cristiano está llamado a servir. Sin embargo, mediante el sacramento del Orden, el diácono recibe una gracia y una misión específicas para ejercer el ministerio en nombre de Cristo y al servicio de la Iglesia.

El diaconado posee, por tanto, una naturaleza sacramental.

No se trata solamente de hacer cosas por los demás.

Se trata de configurarse con Cristo para que el servicio se convierta en una expresión permanente de la propia existencia.

4. Palabra, liturgia y caridad

La tradición de la Iglesia reconoce tres ámbitos fundamentales en el ejercicio del ministerio diaconal: la Palabra, la liturgia y la caridad.

Estas dimensiones no deben comprenderse como actividades independientes.

Existe entre ellas una profunda unidad teológica.

El diácono proclama el Evangelio y ayuda a la comunidad a recibir la Palabra de Dios. Sirve en la celebración litúrgica y participa de manera propia en la manifestación sacramental de la vida de la Iglesia. Al mismo tiempo, está llamado a expresar mediante la caridad aquello que la comunidad celebra y anuncia.

La Palabra conduce a la celebración.

La celebración transforma la existencia.

Y la existencia transformada se convierte en caridad.

Por eso, el ministerio diaconal no puede quedar reducido al espacio litúrgico.

La Eucaristía envía a la Iglesia hacia el mundo.

La celebración cristiana encuentra su prolongación en la vida.

El altar conduce al servicio.

Y el servicio remite nuevamente a Cristo.

Esta unidad permite comprender por qué el diácono está llamado a estar particularmente atento a las necesidades de los pobres, los enfermos, las familias, los marginados y todas aquellas personas que experimentan diversas formas de vulnerabilidad.

5. El servicio frente a las nuevas pobrezas

La realidad contemporánea presenta formas de pobreza que no siempre pueden medirse exclusivamente desde la dimensión económica.

Existe pobreza material, pero también existen soledad, abandono, exclusión, falta de oportunidades, ausencia de sentido, desesperanza y ruptura de los vínculos familiares y comunitarios.

La misión del diácono adquiere aquí una particular relevancia.

Su presencia en medio de la sociedad le permite entrar en contacto con realidades que muchas veces permanecen alejadas de los espacios propiamente eclesiales.

El ministerio diaconal está llamado a reconocer el rostro de Cristo en quienes sufren.

Esta dimensión no debe entenderse como una actividad secundaria respecto de la liturgia. Por el contrario, pertenece a la misma naturaleza del ministerio.

La caridad cristiana no es simplemente una consecuencia opcional de la fe.

Es expresión de la fe recibida, celebrada y anunciada.

6. Un ministerio situado en medio del mundo

Una característica propia del diaconado permanente es su particular inserción en las realidades ordinarias de la sociedad.

El diácono permanente puede vivir su ministerio en medio de las responsabilidades familiares, profesionales, sociales y comunitarias propias de la vida cotidiana.

Esta presencia constituye una riqueza para la Iglesia.

El diácono puede convertirse en un puente entre la comunidad eclesial y las diversas realidades humanas en las que se desarrolla la existencia.

Su misión no consiste en abandonar el mundo, sino en llevar a las realidades temporales la presencia y los valores del Evangelio.

El lugar del diácono puede encontrarse en la comunidad parroquial, pero también en el hogar, en el ámbito profesional, en las instituciones, en los espacios sociales y allí donde las personas experimentan las dificultades propias de la vida.

La Iglesia necesita servidores capaces de escuchar las preguntas del mundo contemporáneo y de responder a ellas desde la fe.

7. El servicio como criterio de autenticidad

El ministerio diaconal plantea una exigencia fundamental: la coherencia entre lo que se celebra y lo que se vive.

No basta proclamar la Palabra si la vida contradice el Evangelio.

No basta participar en la liturgia si esta no conduce a una existencia transformada.

No basta hablar de la caridad si no existe disponibilidad para servir.

Por ello, la autenticidad del ministerio no puede medirse solamente por la cantidad de actividades realizadas.

El verdadero criterio es la configuración progresiva con Cristo Siervo.

El ministerio diaconal exige humildad, disponibilidad, madurez, prudencia, capacidad de escucha, comunión eclesial y una profunda vida espiritual.

La formación recibida antes de la ordenación no constituye, por tanto, un punto de llegada definitivo.

La ordenación inaugura una nueva etapa de formación permanente.

El ministro ordenado continúa necesitando conversión, oración, estudio, discernimiento y acompañamiento eclesial.

8. El diaconado como signo para la Iglesia

La existencia del diácono tiene también una dimensión testimonial.

En una sociedad donde el poder frecuentemente se relaciona con dominio, éxito o reconocimiento, el ministerio diaconal recuerda que para el cristianismo la verdadera grandeza se encuentra en el servicio.

El diácono está llamado a ser un signo visible de esta verdad.

Su ministerio recuerda a toda la comunidad que nadie puede considerarse superior por ejercer una responsabilidad dentro de la Iglesia.

Todo ministerio auténticamente cristiano conduce hacia el servicio.

En este sentido, el diaconado no solamente beneficia a quienes reciben este sacramento. También constituye un don para toda la comunidad eclesial, porque recuerda permanentemente que la Iglesia existe para evangelizar, celebrar la fe y servir.

9. Tres nuevos ministros, una misma misión

La ordenación de tres nuevos diáconos permanentes representa, por ello, mucho más que la incorporación de tres personas a determinadas tareas pastorales.

Es un acontecimiento que permite contemplar nuevamente la naturaleza servicial de la Iglesia.

La comunidad cristiana recibe nuevos ministros llamados a anunciar la Palabra, servir en la liturgia y ejercer la caridad.

Pero, sobre todo, recibe un signo que remite a Jesucristo.

El desafío del ministerio será mantener unidas estas tres dimensiones.

Que la Palabra no quede separada de la vida.

Que la liturgia no quede separada de la caridad.

Que la caridad no quede separada de Cristo.

Porque solamente desde esta unidad puede comprenderse plenamente el significado del diaconado permanente.

10. Servir como Cristo

El diaconado encuentra su centro en una persona: Jesucristo.

Él es la fuente, el modelo y el horizonte del ministerio.

Por eso, la pregunta fundamental para todo diácono no debería ser únicamente qué actividades debe realizar, sino qué significa configurar su vida con Cristo Siervo.

La respuesta aparece en el Evangelio.

Cristo se acerca al ser humano.

Cristo escucha.

Cristo toca las heridas.

Cristo anuncia la verdad.

Cristo perdona.

Cristo se entrega.

Cristo lava los pies de sus discípulos.

Y Cristo convierte el servicio en expresión concreta del amor.

El diaconado permanente participa de esta lógica.

No se trata de buscar protagonismo, sino de hacer presente a Cristo.

No se trata de ocupar un lugar, sino de asumir una misión.

No se trata de ser servido, sino de servir.

Por eso, el verdadero sentido de una ordenación diaconal no termina en el momento en que se recibe la estola.

Comienza precisamente allí.

Porque desde ese momento, toda la vida del diácono está llamada a convertirse en una expresión concreta de aquello que la Iglesia celebra sacramentalmente:

Cristo sigue sirviendo a su Iglesia y al mundo.

Y el diácono está llamado a ser, en medio del Pueblo de Dios, un signo vivo de ese servicio.

Comentarios

Entradas populares de este blog

No me Restaures te lo prohíbo unidos a Nuestros Hermanos de Nicaragua

- ¡NO ME RESTAURES, TE LO PROHIBO! ¡¿LO OYES?! - Si Señor, te lo prometo, no te restauraré. - Gracias— me contestó el Cristo. Su tono volvió a darme confianza. - ¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes Señor, que va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado? ¿No comprendes que me duele? - Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, roto...

ANTI-INFLUENCER DE DIOS: EL VERDADERO CAMINO A LA SANTIDAD

Ser anti-influencer de Dios, desde la espiritualidad franciscana, es una invitación radical a la subversión del ego. No es una moda ni una estrategia alternativa de visibilidad: es una forma de conversión. Vivimos en una cultura que nos empuja a monetizar la identidad, a medir el valor personal en likes, seguidores y alcance. Frente a esto, la propuesta de Francisco de Asís es provocadora: minoridad, el deseo de ser el último, el pequeño, el que no ocupa el centro del algoritmo. Este es el verdadero camino a la santidad que el mundo digital no entiende. 1. Del “Yo” al “Nosotros”… y al “Él” El influencer vive de su marca personal. El franciscano vive de la desapropiación. Ser anti-influencer no significa esconder el Evangelio, sino esconder el ego. No buscamos que la luz rebote en nosotros, sino que nos atraviese. San Francisco lo decía con crudeza espiritual: “No te gloríes de lo que puede hacer un pecador.” Si hay algo bueno en nuestra vida, el crédito no es nuestro. Es del Altísimo, ...

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA XLVII JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES «Redes Sociales: portales de verdad y de fe; nuevos espacios para la evangelización» Domingo 12 de mayo de 2013

MENSAJE DEL SANTO PADRE BENEDICTO XVI PARA LA XLVII JORNADA MUNDIAL DE LAS COMUNICACIONES SOCIALES «Redes Sociales: portales de verdad y de fe; nuevos espacios para la evangelización» Domingo 12 de mayo de 2013 Queridos hermanos y hermanas: Ante la proximidad de la Jornada Mundial de las Comunicaciones Sociales de 2013, deseo proponeros algunas reflexiones acerca de una realidad cada vez más importante, y que tiene que ver con el modo en el que las personas se comunican hoy entre sí. Quisiera detenerme a considerar el desarrollo de las redes sociales digitales, que están contribuyendo a que surja una nueva «ágora», una plaza pública y abierta en la que las personas comparten ideas, informaciones, opiniones, y donde, además, nacen nuevas relaciones y formas de comunidad. Estos espacios, cuando se valorizan bien y de manera equilibrada, favorecen formas de diálogo y de debate que, llevadas a cabo con respeto, salvaguarda de la intimidad, responsabilidad e interés por la verdad,...