Ser anti-influencer de Dios, desde la espiritualidad franciscana, es una invitación radical a la subversión del ego. No es una moda ni una estrategia alternativa de visibilidad: es una forma de conversión. Vivimos en una cultura que nos empuja a monetizar la identidad, a medir el valor personal en likes, seguidores y alcance. Frente a esto, la propuesta de Francisco de Asís es provocadora: minoridad, el deseo de ser el último, el pequeño, el que no ocupa el centro del algoritmo. Este es el verdadero camino a la santidad que el mundo digital no entiende. 1. Del “Yo” al “Nosotros”… y al “Él” El influencer vive de su marca personal. El franciscano vive de la desapropiación. Ser anti-influencer no significa esconder el Evangelio, sino esconder el ego. No buscamos que la luz rebote en nosotros, sino que nos atraviese. San Francisco lo decía con crudeza espiritual: “No te gloríes de lo que puede hacer un pecador.” Si hay algo bueno en nuestra vida, el crédito no es nuestro. Es del Altísimo, ...
- ¡NO ME RESTAURES, TE LO PROHIBO! ¡¿LO OYES?! - Si Señor, te lo prometo, no te restauraré. - Gracias— me contestó el Cristo. Su tono volvió a darme confianza. - ¿Por qué no quieres que te restaure? No te comprendo. ¿No comprendes Señor, que va a ser para mí un continuo dolor cada vez que te mire roto y mutilado? ¿No comprendes que me duele? - Eso es lo que quiero, que al verme roto te acuerdes siempre de tantos hermanos tuyos que conviven contigo; rotos, aplastados, indigentes, mutilados. Sin brazos, porque no tienen posibilidades de trabajo. Sin pies, porque les han cerrado los caminos. Sin cara, porque les han quitado la honra. Todos los olvidan y les vuelven la espalda. ¡No me restaures, a ver si viéndome así, te acuerdas de ellos y te duele, a ver si así, roto y mutilado te sirvo de clave para el dolor de los demás! Muchos cristianos se vuelven en devoción, en besos, en luces, en flores sobre un Cristo bello, y se olvidan de sus hermanos los hombres, cristos feos, roto...