Hay una imagen que vuelve a mí cada vez que pienso en la historia de la Biblia: Jerónimo, ya instalado en Belén, inclinado durante años sobre los textos sagrados, estudiando hebreo con paciencia y consultando a maestros judíos para entender mejor una palabra, una expresión o un matiz que podía cambiarlo todo. Jerónimo de Estridón no dedicó unas cuantas tardes a esa tarea; entregó buena parte de su vida adulta a revisar y traducir las Escrituras al latín. Por eso, cada vez que abro mi Biblia —gastada, subrayada y llena de marcas— no puedo evitar pensar que algo le debemos a ese hombre recio, exigente y apasionado, que decidió acercarse al texto sagrado con la mayor fidelidad posible. Porque eso es lo primero que habría que recordar, aunque pocas veces lo digamos así: la Biblia que hoy tenemos en español no cayó del cielo ya impresa y encuadernada. Llegó hasta nosotros después de un viaje larguísimo, pasando de una lengua a otra, de una generación a otra, sostenida por hombre...
Wilson Uriel Velasquez Medrano. Un hombre formado y apasionado por las Escrituras Los Hechos de los Apóstoles lo presentan en el capítulo 18 con una frase que a mí me encanta por lo directa que es: llegó a Éfeso un judío llamado Apolo, natural de Alejandría, "hombre elocuente y versado en las Escrituras". Deténganse un momento en esa palabra: Alejandría. En el siglo primero era una de las grandes capitales culturales del Mediterráneo, con una biblioteca legendaria y una comunidad judía enorme, profundamente influida por el griego. Ahí, mucho antes de Apolo, se había traducido al griego el Antiguo Testamento la famosa Septuaginta, que permitió que miles de judíos de la diáspora, que ya no hablaban hebreo con soltura, siguieran leyendo su propia Escritura. Ahí escribió también Filón de Alejandría, un pensador judío contemporáneo de Jesús que intentaba tender puentes entre la fe de Israel y la filosofía griega, mostrando que se podía ser fiel a la Torá y, al mismo ti...