Hay una imagen que vuelve a mí cada vez que pienso en la historia de la Biblia: Jerónimo, ya instalado en Belén, inclinado durante años sobre los textos sagrados, estudiando hebreo con paciencia y consultando a maestros judíos para entender mejor una palabra, una expresión o un matiz que podía cambiarlo todo. Jerónimo de Estridón no dedicó unas cuantas tardes a esa tarea; entregó buena parte de su vida adulta a revisar y traducir las Escrituras al latín. Por eso, cada vez que abro mi Biblia —gastada, subrayada y llena de marcas— no puedo evitar pensar que algo le debemos a ese hombre recio, exigente y apasionado, que decidió acercarse al texto sagrado con la mayor fidelidad posible. Porque eso es lo primero que habría que recordar, aunque pocas veces lo digamos así: la Biblia que hoy tenemos en español no cayó del cielo ya impresa y encuadernada. Llegó hasta nosotros después de un viaje larguísimo, pasando de una lengua a otra, de una generación a otra, sostenida por hombre...