20º DOMINGO DEL TIEMPO ORDINARIO
En aquel tiempo, Jesús se retiró a la región de Tiro y Sidón.
Entonces una mujer cananea, saliendo de uno de aquellos lugares, se puso a gritarle:
«Ten compasión de mí, Señor, Hijo de David. Mi hija tiene un demonio muy malo».
Él no le respondió nada. Entonces los discípulos se le acercaron a decirle:
«Atiéndela, que viene detrás gritando».
Él les contestó:
«Solo he sido enviado a las ovejas descarriadas de Israel».
Ella se acercó y se postró ante él diciendo:
«Señor, ayúdame».
Él le contestó:
«No está bien tomar el pan de los hijos y echárselo a los perritos».
Pero ella repuso:
«Tienes razón, Señor; pero también los perritos se comen las migajas que caen de la mesa de los amos».
Jesús le respondió:
«Mujer, qué grande es tu fe: que se cumpla lo que deseas».
En aquel momento quedó curada su hija.
Palabra del Señor
Comentario al Evangelio
San Juan Crisóstomo, Padre y Doctor de la Iglesia (s. IV) Homilía 52.
Insistió con mayor fuerza
«Salió de allí Jesús y se retiró a la región de Tiro y Sidón» (Mt 15,21). Después de haber alimentado a las multitudes, fue a aquellas tierras para abrir la puerta del Reino a los gentiles. Si alguno preguntara cómo, habiendo dicho a los apóstoles: «No vayáis a los gentiles» (Mt 10,5), ahora él va a ellos, responderemos que Cristo no estaba obligado por un precepto dado por él mismo a sus discípulos. Además, no fue allí principalmente para predicar, pues, como dice Marcos, quiso permanecer oculto y no pudo.
Entonces una mujer cananea salió de aquellos contornos gritando: «Ten piedad de mí, Señor, Hijo de David; mi hija es cruelmente atormentada por un demonio» (Mt 15,22). El evangelista recuerda que era cananea para hacer más admirable el milagro y ensalzar la virtud de aquella mujer. Los que antes habían sido apartados para no pervertir a Israel, ahora se muestran mejores que muchos israelitas: ella sale de su país para buscar a Cristo, mientras muchos de aquellos para quienes él había venido lo rechazan.
La mujer se acerca y no dice más que: «Ten piedad de mí». No lleva consigo a la hija poseída, ni se atreve a exigir nada. Expone únicamente su desgracia y suplica misericordia. No dice: «Ten piedad de mi hija», sino: «Ten piedad de mí», porque ella misma sufre profundamente al contemplar el padecimiento de su hija.
Pero Jesús no le respondió palabra. Algo sorprendente: a esta mujer, que se acerca con tanta fe y humildad, no le dirige respuesta alguna. Los discípulos, compadecidos de ella, le ruegan: «Despídela, porque viene gritando detrás de nosotros» (Mt 15,23).
Entonces responde Jesús: «No he sido enviado sino a las ovejas perdidas de la casa de Israel» (Mt 15,24). ¿Qué hace la mujer? ¿Desfallece? ¿Abandona su empeño? De ningún modo. Cuanto mayor es la dificultad, tanto más crece su perseverancia. El silencio del Maestro podía haberla hecho desistir; también aquella respuesta. Sin embargo, no se aparta.
Acercándose más, lo adoró y dijo: «Señor, ayúdame» (Mt 15,25). Antes clamaba desde detrás; ahora se presenta delante de él. Está llena de humildad, pero también de una santa audacia nacida de la fe.
Jesús añade todavía una prueba mayor: «No está bien tomar el pan de los hijos y echarlo a los perritos» (Mt 15,26). Ya no habla solamente de su misión a Israel, sino que llama hijos a los judíos y a ella perrito. Sin embargo, la mujer convierte esas mismas palabras en argumento a su favor.
Responde: «Sí, Señor; pero también los perritos comen de las migajas que caen de la mesa de sus señores» (Mt 15,27). ¡Qué prudencia y qué humildad! No contradice al Señor, no se irrita por la comparación, no envidia las alabanzas dirigidas a otros. Acepta su condición y desde ella suplica. Si es un perrito, también los perritos reciben algo de la mesa.
Cristo sabía bien que respondería así. Por eso difería el beneficio, para que aquella virtud quedara manifiesta. Como en el caso del centurión o de la hemorroísa, quiso sacar a la luz un tesoro escondido.
Considera la fe y la humildad de esta mujer. Los judíos decían: «Somos descendencia de Abraham» (Jn 8,33); ella, en cambio, se reconoce indigna y llama señores a aquellos que Cristo había llamado hijos. Precisamente por esta humildad fue elevada.
Entonces respondió Jesús: «¡Oh mujer, grande es tu fe! Que se haga como quieres» (Mt 15,28). Por eso había retrasado el don: para pronunciar esta alabanza y coronar públicamente a aquella mujer. Y añade: «Que se haga como quieres». Su fe era tan grande que merecía oír una palabra semejante. Y desde aquella hora quedó sana su hija.
Observa cómo esta mujer contribuyó poderosamente a la curación de su hija. Cristo no dice: «Sea sana tu hija», sino: «Grande es tu fe». Así muestra que la causa principal del milagro fue aquella fe perseverante. La mujer alcanzó lo que pedía porque no se dejó vencer ni por el silencio, ni por la demora, ni por la aparente negativa.
Tan grande es la perseverancia en la oración. Los apóstoles tenían más familiaridad con Cristo, pero la mujer mostró una constancia mayor. El éxito del milagro justificó ante todos la demora del Señor y puso de manifiesto la extraordinaria virtud de aquella madre.
Después Jesús fue al mar de Galilea. Se le acercaron muchos cojos, mancos, ciegos y mudos, y los curó. La multitud glorificaba al Dios de Israel al contemplar tantos prodigios. Sin embargo, a la hija de la cananea la había curado tras una larga espera, mientras que a éstos los sanó inmediatamente. No porque fueran mejores, sino porque quiso manifestar ante todos la fe ardiente y la perseverancia de aquella mujer, para que su ejemplo permaneciera para siempre como enseñanza y estímulo para todos los creyentes.
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