Hay una imagen que vuelve a mí cada vez que pienso en la historia de la Biblia: Jerónimo, ya instalado en Belén, inclinado durante años sobre los textos sagrados, estudiando hebreo con paciencia y consultando a maestros judíos para entender mejor una palabra, una expresión o un matiz que podía cambiarlo todo. Jerónimo de Estridón no dedicó unas cuantas tardes a esa tarea; entregó buena parte de su vida adulta a revisar y traducir las Escrituras al latín. Por eso, cada vez que abro mi Biblia —gastada, subrayada y llena de marcas— no puedo evitar pensar que algo le debemos a ese hombre recio, exigente y apasionado, que decidió acercarse al texto sagrado con la mayor fidelidad posible.
Porque eso es lo primero que habría que recordar, aunque pocas veces lo digamos así: la Biblia que hoy tenemos en español no cayó del cielo ya impresa y encuadernada. Llegó hasta nosotros después de un viaje larguísimo, pasando de una lengua a otra, de una generación a otra, sostenida por hombres y mujeres que amaron tanto esa Palabra que entregaron su tiempo, su inteligencia y, en muchos casos, su vida entera para que otros pudieran comprenderla.
Los libros del Antiguo Testamento fueron transmitidos principalmente en hebreo, con algunas secciones en arameo y una importante tradición textual en griego. El Nuevo Testamento, por su parte, fue escrito en griego. Pero desde muy temprano hubo que traducir. En el mundo judío de lengua griega nació la Septuaginta, en Alejandría, mucho antes de Cristo. Aquella traducción llegó a tener una enorme importancia tanto para los judíos que hablaban griego como para las primeras comunidades cristianas. De hecho, cuando Mateo o Pablo citan el Antiguo Testamento, muchas veces lo hacen siguiendo la forma de esa traducción griega, que no siempre coincide palabra por palabra con el texto hebreo que ha llegado hasta nosotros. La traducción, entonces, no es un invento moderno ni una comodidad para quienes no saben idiomas: forma parte del corazón mismo de la historia bíblica.
Y ahí aparece de nuevo Jerónimo. El papa Dámaso le pidió revisar las diversas traducciones latinas de la Biblia que circulaban en su tiempo y procurar un texto más cuidado, más claro y más coherente. Pero Jerónimo no se conformó con corregir lo que ya existía. Tomó una decisión que, en su época, provocó discusión: profundizó en el hebreo y acudió a maestros judíos para trabajar con mayor seriedad el texto del Antiguo Testamento. No todos lo entendieron. Incluso san Agustín, contemporáneo suyo, le escribió preocupado, temiendo que nuevas traducciones basadas en el texto hebreo causaran confusión en comunidades acostumbradas a la Septuaginta. Jerónimo soportó las críticas porque comprendía algo esencial: traducir la Biblia no es cambiar palabras de un idioma a otro como quien convierte medidas en una receta. Es entrar en el alma de un texto antiguo, nacido en una cultura lejana, y buscar la forma de que siga hablando, consolando, corrigiendo y despertando la fe en una lengua distinta.
Por eso tiene tanto peso aquella frase que la Iglesia sigue repitiendo: ignorar la Escritura es ignorar a Cristo.
También conviene aclarar, con calma y sin ánimo de pelea, una pregunta que aparece con frecuencia: ¿por qué las Biblias católicas incluyen algunos libros que otras Biblias cristianas no tienen? Tobías, Judit, Sabiduría, los Macabeos y otros textos llamados deuterocanónicos forman parte de una antigua tradición bíblica griega y fueron leídos y recibidos por la Iglesia desde los primeros siglos. No se trata, por tanto, de que la Iglesia católica haya “agregado” libros de manera improvisada. Lo que ocurrió fue un proceso histórico complejo, en el que distintas comunidades cristianas fueron delimitando el canon de maneras diversas. La Iglesia católica lo definió solemnemente en el Concilio de Trento, en continuidad con la tradición que había recibido. Entender esto ayuda a mirar el tema con más serenidad: no como una excusa para discutir, sino como una invitación a reconocer la historia de transmisión, recepción y discernimiento de las Escrituras. Nosotros no leemos la Biblia como un texto aislado de la comunidad de fe, sino dentro de la Tradición viva de la Iglesia, uniendo el estudio serio del texto con la fe recibida de los apóstoles.
Hoy, si somos honestos, vivimos un privilegio que Jerónimo y los primeros cristianos difícilmente pudieron imaginar: tenemos acceso a la Escritura, completa o en parte, en miles de lenguas; la llevamos en el celular, la escuchamos en audio y hasta podemos seguirla mientras viajamos o trabajamos. Quien ha visto a una comunidad recibir por primera vez el Evangelio en su lengua materna entiende que traducir la Biblia no es solo un trabajo académico. Es un acto de amor. Es permitir que Dios hable a cada pueblo con palabras que le resulten cercanas, con sonidos que reconozca, con una voz que pueda sentir propia. Algo de esa alegría debieron experimentar también aquellos judíos de Alejandría cuando escucharon la Torá en el griego de su vida cotidiana.
Pero tanta abundancia también tiene sus riesgos. Hoy cualquiera puede tomar un versículo, sacarlo de contexto, colocarlo sobre una imagen bonita y hacerlo decir casi cualquier cosa. Por eso la Iglesia ha insistido tanto en la importancia de leer la Biblia con seriedad, dentro de su contexto y con la ayuda de quienes han dedicado tiempo a estudiarla. Cuando se lee la Escritura a pedazos, sin escuchar su conjunto y sin dejarse acompañar por la tradición de fe, uno corre el peligro de fabricar un dios a su medida en lugar de abrirse al Dios que realmente habla.
Al final, el desafío sigue siendo el mismo que acompañó a Jerónimo en su trabajo paciente con las Escrituras en Belén: no basta con tener la Biblia. Hay que aprender a escucharla. Sentarse con ella, dejar que incomode, que consuele, que pregunte y que ilumine. Leerla, sí, pero también orarla. Y, sobre todo, permitir que se haga vida: en un gesto de perdón, en una visita a quien está solo, en una decisión honesta cuando toca escoger entre lo fácil y lo justo. Porque de poco sirve que la Palabra de Dios haya sido traducida a tantos idiomas si todavía no aprendemos a traducirla al idioma concreto de nuestra propia vida.
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